Última estación... Investigación!

Llegamos a fin de año.Tal como lo anticipamos al inicio de la cursada, publicamos las notas de investigación más destacadas que -a nuestro juicio- presentaron los alumnos de la comisión. Nuestras felicitaciones a todos y esperamos que esta experiencia haya sido tan positiva para ustedes como lo fue para nosotros.
La deuda interna
Por María Bernarda Tinetti y María Cecilia Esquinazi
Hace cuatro años que la economía argentina crece en forma sostenida a un ritmo del 8 por ciento anual. Sin embargo, la primavera monetaria no se tradujo en un reparto equitativo de la riqueza: cien niños mueren de hambre cada día a causa de la pobreza. El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo es una organización que desde sus comienzos se preocupó por este genocidio oculto y ya tiene una larga historia de luchas por otro mundo posible, donde los derechos de la infancia dejen de ser mera una declaración moral.
Me dijeron que en el Reino del Revés
El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo agrupa a 400 instituciones no gubernamentales de todo el país que trabajan con niños y jóvenes excluidos y participan activamente de las denuncias contra la marginación, la desnutrición, el maltrato policial y el analfabetismo. Pero esta organización va mucho más allá de lo meramente enunciativo, tiene como meta la transformación social con los sujetos afectados como protagonistas del cambio.
Miguel Cabrera tenía 6 años cuando murió su papá. Su mamá estaba muy enferma y no podía cuidarlo. Por eso, una vecina de Berazategui que vivía con sus cuatro hijos en una casa prefabricada se encargó de cobijar a él y a su hermano de 12 años. Esta mujer conoció a uno de los fundadores del movimiento, el padre Carlos Cajade, quién le ofreció ayuda y desde ese momento Miguel no se separó nunca más de él: “Carlitos me enseñó a protestar. Siempre decía que el Estado tenía que escuchar el reclamo de la sociedad y para que no pueda hacer oídos sordos, teníamos que ser muchos y estar unidos“.
Nada el pájaro y vuela el pez
En el discurso de asunción, Raúl Ricardo Alfonsín dijo “con la democracia se come, se cura, se educa.”
El movimiento nació en 1987 en una capilla de la localidad de Florencio Varela: “Estábamos muy preocupados por la situación de la infancia en nuestro país. Veíamos a los niños descalzos, hambreados y no podíamos quedarnos sin hacer nada”, relata Alberto Morlachetti, uno de los impulsores de la organización.
El Hogar de Madre Tres Veces Admirable -ubicado en la periferia de La Plata- llegó a albergar a casi cien niños, según recuerda Miguel: “Eran tiempos más difíciles, pero como decía Carlitos, este país necesita padres que trabajen para que puedan darle de comer a sus hijos y acá todavía hay pibes que se mueren desnutridos”.
Los datos oficiales revelan que en promedio en los 80`, la pobreza superaba un 15 por ciento, los saqueos a supermercados se reiteraban, los precios de los alimentos no paraban de subir y los salarios no alcanzaban, crecieron las villas miseria y surgieron los que se conocieron como “nuevos pobres”.
Laura Tafettani, coordinadora de la provincia de Buenos Aires, se refiere al momento de fundación del movimiento: “Igual que ahora, en ese entonces las familias no llegaban a cubrir la canasta básica y durante el menemismo, la política de abandono estatal se acentuó, arrojando cada vez a más personas a la miseria. Hoy seguimos sufriendo el modelo económico que impusieron en el ‘75 cuando nos mataban los militares. Ahora, en cambio, nos matan de hambre”.
Que los gatos no hacen miau y dicen yes porque estudian mucho inglés
Carlos Menem tomaba el mando en forma anticipada en 1989 y anunciaba: “Voy a gobernar para los niños pobres que tienen hambre y para los niños ricos que tienen tristeza.”
Jhony (22) de Córdoba, relata que su papá se quedó sin trabajo y él con sus hermanos tuvieron que salir a mendigar para no morirse de hambre “Mi mamá limpiaba casas pero no nos alcanzaba y cada día llegaba más cansada hasta que cayó en cama y no se levantó más. Una vez vino a vernos la gente del movimiento y empezamos la escuela y comíamos todos los días en el comedor. Mi papá no consiguió trabajo pero hace changas y yo lo ayudo. Además colaboro en el comedor y ayudo a los chicos que están pidiendo en la calle porque a mí también me tocó.”
Los niveles de exclusión y vulnerabilidad no resultaron congruentes con una sociedad con demandas de equidad social; comenzaron los primeros cortes de ruta a raíz del crecimiento de la desocupación. Según el INDEC, la pobreza llegó al 25 por ciento.
“Desde nuestros inicios creímos que sin trabajo no hay infancia, por eso armamos el encuentro con la Confederación General del Trabajo un año después de nuestro nacimiento. En el 2000 decidimos incorporarnos a la CTA, por considerarla una herramienta fundamental frente a los sindicatos que traicionan”, puntualiza Morlachetti. “La batalla por el trabajo digno es el punto fundamental en la pelea contra el hambre. La asistencia es un paliativo, nada más”.
En los 90´ morían por causas evitables 2 niños menores de 5 años cada 53 minutos y 10 mil por año por desnutrición.
Nadie baila con los pies
“A través del plan Más Escuelas hemos extendido el ciclo lectivo de miles de niños y jóvenes de las provincias que sufren mayores dificultades socio-económicas“, aseguraba Fernando De La Rua, quién durante su mandato continuó con la tradición de fortalecer la herencia más allá de cuestionarla.
El movimiento pensó entonces una estrategia distinta para denunciar el hambre y decidió movilizarse por las distintas provincias: “Para los chicos, marchar es una aventura, y en ese camino aprendemos juntos. La sabiduría popular está en ellos. Cuando vemos sus dibujos que traen a las protestas, les preguntamos: ‘¿Por qué un árbol?’ Y te responden ‘porque todo comienza desde la raíz’. ‘¿Por qué una nena sola?’ ‘¡Es una muñeca! Nosotros también tenemos derecho a jugar’”, cuenta con un dejo de ansiedad Tafettani.
La crisis social que se venía gestando con tanto latigazo al pueblo se agravaba sistemáticamente: “Teníamos hambre, no había trabajo, ni comida. Salíamos a revolver la basura para darle de comer a nuestro hijos y éramos muchos los que estábamos en la misma. Cuando supe del movimiento me contacté y ahí empecé a involucrarme en la lucha porque no hay otra salida” afirma Zulma García, quién trabaja como cocinera en Pelota de Trapo, una de las organizaciones integrantes del movimiento.
Que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres
En el 2001, marcharon por primera vez. Casi 400 chicos acompañados por educadores partieron desde La Quiaca hasta Plaza de Mayo con su reclamo de una infancia feliz.
Uno de los documentos que publicaron -en pleno Argentinazo- explicaba el porqué de esa movilización: “Marchamos porque ser niño ya no es un barco de papel, ni una aventura de pan y chocolate. Ser niño pobre, hoy es tener un nombre y un destino: prostitución, droga, cárcel o ser asesinado en cualquier esquina de la pobreza”. Así recorrieron 2.500 kilómetros y en cada parada fueron recibidos por miles de personas que se unían al grito de auxilio: “Nos estamos muriendo“. No fue ésta, la última vez.
Que usan barbas y bigotes los bebés y que un año dura un mes
La pobreza alcanzaba a la mitad de la población, el desempleo superaba los registros históricos del país. Los chicos se morían de hambre. Los grandes también.
Eduardo Duhalde llegaba a la presidencia en enero del 2002 y declaraba “No lo duden un solo instante: Argentina tiene futuro.”
Los chicos marcharon por 4.500 kilómetros desde Misiones hasta Capital Federal, eran alrededor de 300 pibes y cerca de 100 educadores: “Marchemos, que se nos muere la vida” fue la consigna.
El 8 de noviembre llenaron la Plaza de Mayo, Esteban Peralta quien tenía 8 años, 6 hermanos y era huérfano pero no le faltaba amor dijo: “En la casa (la asociación sin fines de lucro Mitaí Tuyá) tengo muchos amigos y con Nati (la docente) aprendo un montón de cosas. En Buenos Aires aprendí la historia del Cabildo y todo. Conocí mucha gente buena allá y en los colectivos hacíamos juegos entre todos, cantábamos y todos contamos nuestras historias.”
18 millones y medio de personas eran pobres, casi 9 millones eran indigentes y los reclamos de trabajo y comida fueron reprimidos, se repetía la historia de la política del palo para tapar la miseria que explotaba por todos lados.
Alan tenía quince años, padres con trabajo y vivía en Alto Verde Santa Fe cuando llegó a Buenos Aires donde confesó que su barrio era “tranquilo, muy pobre y sucio”, le gustaba estudiar pero le costaban las matemáticas y cuando llovía no iba al colegio porque tenía que asistir a su familia: “El agua pasa por todos lados y se nos mojan las cosas. Tapamos con bolsas pero no siempre salvamos todo”.
Cabe un oso en una nuez
El movimiento partía desde San Miguel de Tucumán el 20 de julio del 2005, para alertar a la sociedad sobre la situación de la infancia en la Argentina y el primero de julio pisaba suelo porteño. Laura (13) era de Lomas de Zamora y en ese momento señalaba: “El gobierno tendría que poner toda la plata necesaria para abrir las fabricas y cultivar los campos, así nuestros papás tendrían trabajo para poder comprar comida y poder comer en nuestras casas y no en comedores, como la mayoría de los pibes lo hacen” y Cristian de la misma edad, pero oriundo de Tucumán leía -en Plaza de Mayo- una poesía: “Porque nosotros tenemos sueños. Soñamos con una casa grande, con una habitación para mí solo, con el baño adentro, con piso, con un patio grande para jugar a la pelota”.
Respecto a la convivencia en los micros, el traslado y el arribo a distintos pueblos, el coordinador nacional Morlachetti dijo, “siento que la marcha fue un gran abrazo, si tuviera que medir el grado de adhesión te diría que fue muy alto en todas las ciudades que pasamos. La gente ha sido muy solidaria con los chicos y con los educadores. Es una experiencia muy emocionante.”
En octubre moría Cajade. Miguel Cabrera, quién ahora tiene 25 años, mujer y dos hijas con las cuales llevan adelante proyectos de autogestión para sostener el hogar, donde “Carlitos” lo crió de chico: “Tenemos una imprenta y una panadería. Siempre va a haber chicos que necesiten un espacio de contención mientras sigamos viviendo en este sistema y aunque hacer pan nos está costando más que imprimir, aquí no les va a faltar el alimento.”
Que hay un perro pequinés que se cae para abajo
El 3 de enero del 2006, el Presidente de la Nación Néstor Kirchner -quién había anunciado al asumir que no iba a pagar la deuda con el hambre de la gente- cancelaba todo lo que le debíamos al Fondo Monetario Internacional, una suma de 9 mil 810 millones de dólares. La medida fue implementada seis meses después de la marcha realizada desde Tucumán -donde el 70,6 por ciento de los chicos menores de catorce años son pobres- hasta la ciudad de Buenos Aires -donde el índice de pobreza alcanza al 12,9 por ciento- pasando por Catamarca, La Rioja, Córdoba, Santa Fe, Concordia, José C. Paz y Moreno (en el conurbano bonaerense) donde el movimiento alertaba sobre cómo se morían los chicos en nuestro país.
“No vamos a parar hasta conseguirlo, vamos a seguir luchando con alegría, como sabemos hacerlo nosotros, con el trencito, con nuestros payasos y malabaristas nuestras banderas y títeres”, así expresa las ideas por las que integra la organización, Daniel, de 11 años de Hurlingham.
Los últimos datos del INDEC publicados el 8 de noviembre de este año rebelan que la canasta básica aumentó un 0,9 por ciento por la suba en los alimentos, que según la Asociación Consumidores Libres, perjudica a las clases populares porque los precios que más crecieron son los de los productos que consume este sector: carnaza 15,90 por ciento; fideos guiseros 19,80 por ciento; harina 18,50 por ciento; jabón de tocador 17,80 por ciento; polenta 18,70 por ciento; té en saquitos 10,10 por ciento; tomate perita 81,90 por ciento; yerba mate 14,90 por ciento. Con estos datos se hace más fácil entender porqué nueve millones de niños se encuentran en la pobreza y la mitad casi no come.
Y una vez no pudo bajar después
“Acá sino te morís de hambre, te morís por el paco, o la poli te mete un tiro por nada; yo ya perdí varios amigos y si no fuera porque entré en la murga del “Culebrón”, estaría en cualquiera y ahora puedo ayudar a otros. Me siento alguien. Ahora, también estamos preparando una consulta popular y el lunes 20 nos movilizamos con el movimiento para decirle ¡Basta al hambre!”, asegura Marcela Aguirre de 20 años de Moreno, localidad del segundo cordón del conurbano bonaerense.
Este año no hubo marcha pero la denuncia por los niños que “desaparecen” a causa de la falta de alimento se tradujo en la campaña “El hambre es un crimen”, y en cada uno de los lugares donde hay una agrupación integrante del movimiento se realizaron jornadas informativas.
Cien pibes mueren por día en Argentina porque no tienen qué comer. Ignorarlos, nos convierte en monstruos.
Nota color
Hilvanando sueños
Esperanza se distingue porque tiene los cachetes muy colorados aunque no le sobra timidez, se mueve de un lado a otro para hacerse notar, sus ojos redondos, grandes y brillantes parecen mirar un punto fijo; es chiquita, su pelo negro -en una especie de crisis de identidad- se debate entre el lacio y el ondulado, usa guantes blancos y un vestido verde con estampas amarillas, por la elegancia se parece a su mamá, una niñita de siete años que con manitos de artista, un par de trapos y botones la creó pensando en que sería un buen juguete para su hermana que “todavía” está en la panza de la mamá. Se llama Yanina, le gusta la hora de recreación tanto o más que la leche con galletitas de las cuatro de la tarde.
Sobre la mesa de menos de un metro de altura –en el centro educativo “Nuestra Señora de los Niños en Avellaneda- están desparramados los materiales: acuarelas y pinceles, goma de pegar y papeles glasé, lápices y crayones, entremezclados con telas, palitos y tapitas de gaseosas que los chicos no paran de revolver en la búsqueda del objeto más adecuado para darle forma a su obra maestra. Todo cabe en la imaginación, tiritas de lana para la melena del león, algodón para la nariz de la tortuga, brillantina para el gorro de un cocinero y una cajita de fósforos para la panza de un robot.
Juan de seis años está concentrado en su trabajo, armó un perro verde, “como el de la tía”, dice y sonríe orgulloso dejando ver que le faltan algunos dientes mientras continúa pintando el títere por el cual la encargada del taller lo felicitó. Cuenta que el ratón Pérez, le trajo dos libros de animales uno con ilustraciones de la selva y el otro de la granja.
A su lado, Marcelo recorta lunares de cartulina azul para pegar en el traje de payaso de su marioneta, que se diferencia de las demás por su tamaño. Es grande, tiene patas y manos largas pero todavía está desnuda. “Lo más difícil es el pantalón porque las telas no me alcanzan y no sé coser”, relata con un dejo de mal humor mientras trata de encontrar una solución sin darse por vencido.
Las ventanas medianas permiten que la luz del sol agregue calidez al lugar que, en medio de tanto abandono y pobreza, despierta las ilusiones sobre otra infancia posible cuando el trabajo colectivo y la idea de cambio están en la agenda diaria.
Dos prolijas trenzas que terminan a la altura de los hombros con un moño de cinta de raso rosa le cuelgan a cada lado a la pequeña Mariana, una de las más chicas de la sala, quien arrodillada en la silla, con los codos apoyados sobre el respaldo y las manos sosteniendo su pera, observa atenta los intentos fallidos de sus vecinos de atrás quienes buscan darle movimiento a una mariposa con alas de hilo y cartón que aún no colorearon. Parece que quisiera decir algo, pero guarda silencio.
En la habitación sobran los colores, desde la puerta de ingreso donde cuelgan caricaturas de niños felices hasta en las paredes que están empapeladas con el abecedario, el tren de la alegría, un gusano que carga en su espalda las vocales, flores que informan sobre la llegada de la primavera y fotos de movilizaciones y cumpleaños de los chicos que parecieran decir algo sobre la historia de reclamos y crecimiento pintada por ellos mismos.
“El año pasado armamos los carteles para la marcha y nos divertíamos mucho porque había un montón de tarros con pinturas que salían fácil de las manos, entonces podíamos ensuciarnos sin problema y terminamos todos enchastrados. Al final apoyábamos la mano llena de pintura sobre la tela donde escribimos: ‘Ni un pibe menos’”, recuerda Cristian de nueve años quien cuando llegó a la Plaza y vio tantos chicos comenzó a buscar otros carteles con más manos.
El alboroto y las voces no dejan escuchar la música que sale desde un moderno equipo estéreo colocado adrede en un estante de madera al que los chicos no alcanzan, Gladis se lamenta porque apenas oye su canción preferida. “Es la de Piojos y Piojitos”, dice sin disimular la trompa de enojo porque en su casa no tiene el CD y en la radio no lo pasan.
Cerca del mueble donde guardan los materiales en prolijas cajas forradas y etiquetadas está Paula, la docente de arte y manualidades, a la espera de que entre todos comiencen a recolectar y guardar lo que utilizaron. Delante de ella se va formando una fila, cada uno entrega los útiles y luego vuelven a sus asientos. “No siempre se portan tan bien, pero hoy es un día especial porque hay visitas. Nosotros trabajamos cada momento para incentivar la solidaridad y el compañerismo pero lo que sucede acá adentro es muy distinto a lo que pasa afuera y porque no queremos vivir con esta contradicción vamos más allá de educar a nuestros pibes.”
La primera en ordenar las cosas es Puppe -así le dice su abuela materna, quien la crió cuando mataron a su mamá- porque en Alemania significa muñeca, y Alejandra parece una de esas antiguas de porcelana por su piel blanca y su delicadeza.
Por lo general detrás de ella llega Paulita que viene desabrochándose el pintorcito para luego arrojarlo al canasto y alcanzarle lo que usó a la maestra quien un rato antes de que los chicos se retiren les pregunta cómo la pasaron y qué lograron crear en la clase. Juan se apura a responder, porque también está ansioso por recibir una respuesta: “Terminé de pintar el perro, ¿puedo llevarlo a casa?”. Siempre con una sonrisa Paula asiente el pedido: “Es muy importante que aprendan que con sus manos pueden hacer cosas creativas y que sus familias vean lo que los chicos logran con el esfuerzo diario. También es una enseñanza para los más grandes. El día de la jornada de protesta del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo, irán con sus trabajos para darle color a la infancia que tanto lo necesita”.
Despide a cada uno de ellos con un beso que los pequeños devuelven con cariño y respeto. “Hasta mañana seño, la voy a extrañar”, saluda con dulzura Agustín, quien le retribuye un abrazo efusivo que dura hasta que Carlos le pide que se corra así también le demuestra su amor hasta el próximo encuentro.
En el centro educativo “Nuestra Casa de los Niños”, hay un perro verde y una muñeca que se llama Esperanza. Todo cabe en la imaginación.
El aula queda vacía, pero de lejos se escuchan las risas de los chicos que están en el patio disfrutando de los juegos.
Entrevista
El hambre es un crimen
La doctora Graciela Martese es Jefa de Pediatría y Adolescencia del Hospital General de Agudos Doctor Abel Zubizarreta, integra el comité Uniendo Acciones 2006 y participa como coordinadora en las Jornadas de Jóvenes, organizadas por la Fundación Argentina de Adolescencia (FADA).
¿Qué consecuencias trae la falta de alimentos en el desarrollo de los chicos?
En caso de que sobrevivan al primer año de vida con un grado de desnutrición severa, el principal problema es la oligofrenia o el retraso mental, pero durante este período pueden tener enfermedades interrecurrentes, infecciones graves, gastroenteritis, síndromes de mala absorción, raquitismo, distrofias, insuficiencias cardiologías. Todo el organismo se altera cuando los niños no comen bien, y al llegar a jóvenes no van a tener suficientemente desarrolladas las capacidades intelectuales.
¿Hay posibilidad de revertir estos trastornos si se los descubre a tiempo?
Si dentro del primer mes se proveen las vitaminas y la alimentación correspondiente, las secuelas disminuyen. En Argentina hay planes maternos infantiles, que destinan a cada municipio raciones de carne y leche fortificada, entonces con una orden médica, la familia tiene derecho a recibirla. Los trastornos orgánicos son más fáciles de revertir pero, por ejemplo, en el hospital Zubizarreta, cuando llega un chico desnutrido aplicamos un tratamiento para que engorde: le ponemos una sonda nasogástrica, le estimulamos la parte alimenticia por boca, logramos que recupere el apetito, pero cuando lo devolvemos al medio vuelve a desnutrirse en menos de seis meses.
¿Qué diferencias hay entre un chico que no come bien desde que nació y uno que empieza con el problema en la adolescencia?
El que fue desnutrido de nacimiento va a diferenciarse en relación a la talla, al peso, al grado de posibilidades de estudio, pero a la larga, el adolescente que el padre no trabaja y no tiene para comer va a terminar pareciéndose al que nació con este problema porque para saciar el hambre, los jóvenes recurren a paliativos como la drogas que también terminan limitando su capacidad de pensar.
¿Qué pasa con los chicos que comen siempre lo mismo?
En el caso de los niños que tienen como base para su alimentación el hidrato de carbono, se convierten en farináseos, es decir son gordos pero no tienen una buena nutrición. Este problema afecta sobre todo a las familias pobres que solo tienen posibilidad de comprar este tipo de alimentos porque son los más baratos y por otra parte las canastas de productos que reparte el Estado están compuestas en su mayoría por harinas, con la gravedad que genera no respetar la pirámide nutricional.
¿Qué diferencia hay entre la desnutrición que se sufre en las provincias del norte y la del conurbano bonaerense o la Capital Federal?
Hay chicos de provincia que están muy bien nutridos y chicos de la capital que están desnutridos, porque por ejemplo, el guiso tiene alto valores alimenticios en cambio lo que se conoce como comida chatarra es sinónimo de mala alimentación (por lo general este es un problema de los jóvenes de clase media y alta). Los del norte no van a tener tantas posibilidades como los de acá en cuanto a la ayuda del Estado pero teniendo en cuenta que en el conurbano bonaerense se concentra más de la mitad de los habitantes de nuestro país y a su vez muchos son oriundos de Paraguay, Perú y Bolivia –lo que trae aparejado un problema cultural respecto a la alimentación- esta termina siendo una de las zonas más pobres de Argentina.
¿Que dificultades trae para la escolarización la mala alimentación?
Los chicos no van a contar con la suficiente capacidad para prestar atención, van a presentar debilidades mentales o retrasos madurativos, otros se van a quedar dormidos en la clase por falta de glucosa. Las escuelas se hacen cargo de darles de comer, leche o mate cocido con un alfajor o una galleta y muchas veces los niños guardan parte del desayuno para que sirva de cena en su casa.
¿Sirven los comedores? ¿Por qué?
Pienso que los comedores no deberían existir porque tendría que haber una equidad lógica para que la gente pueda comer en su casa, lo que quiera de acuerdo a sus costumbres. Pero hoy son un paliativo necesario sin los cuales habría aún más muertes de infantes a causa del hambre. Yo conozco muchos padres que no tienen como alimentarse, pero mandan a sus hijos a los comedores.
¿Cree que con este gobierno está cambiando la situación del hambre en la infancia?
Considero que no, porque si bien disminuyó la mortalidad infantil, no bajó la pobreza. Cien niños mueren hambreados cada día en un país con suficiente cantidad de alimentos para que todos comamos bien. Otros mueren por enfermedades que son totalmente prevenibles, entonces no es cuestión de un gobierno o una gestión, acá tiene que haber un cambio mayor porque hemos llegado a un deterioro tan grande que el que se mejora va a ser siempre el de las clases acomodadas, y el pobre va a seguir siendo pobre o va a caer en la indigencia. Revertir esta situación va a llevar mucho tiempo, quizá ni mis hijos ni mis nietos vean una Argentina menos miserable. El hambre es una causa social gravísima que no debe existir, y en estas tierras donde vos tiras una semilla de cualquier cosa y crece, no en una maceta sino por ejemplo, en el cantero de la puerta de calle, es imperdonable que la mitad de la población sea pobre. Que tengamos una infancia desnutrida tiene que ver con fuertes factores culturales, educativos y sin duda políticos..
¿Está en peligro la sociedad cuando las futuras generaciones se mueren de hambre?
Las que están en peligro son las presentes, las futuras no van a existir porque, imaginemos qué modelo de nación estamos construyendo si los chicos desaparecen a causa de la pobreza. Una sociedad totalmente dividida, aquellos que pudieron llegar, son los que van a seguir, y los carenciados van a estar enfermos o muertos.
Por María Bernarda Tinetti y María Cecilia Esquinazi
Hace cuatro años que la economía argentina crece en forma sostenida a un ritmo del 8 por ciento anual. Sin embargo, la primavera monetaria no se tradujo en un reparto equitativo de la riqueza: cien niños mueren de hambre cada día a causa de la pobreza. El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo es una organización que desde sus comienzos se preocupó por este genocidio oculto y ya tiene una larga historia de luchas por otro mundo posible, donde los derechos de la infancia dejen de ser mera una declaración moral.
Me dijeron que en el Reino del Revés
El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo agrupa a 400 instituciones no gubernamentales de todo el país que trabajan con niños y jóvenes excluidos y participan activamente de las denuncias contra la marginación, la desnutrición, el maltrato policial y el analfabetismo. Pero esta organización va mucho más allá de lo meramente enunciativo, tiene como meta la transformación social con los sujetos afectados como protagonistas del cambio.
Miguel Cabrera tenía 6 años cuando murió su papá. Su mamá estaba muy enferma y no podía cuidarlo. Por eso, una vecina de Berazategui que vivía con sus cuatro hijos en una casa prefabricada se encargó de cobijar a él y a su hermano de 12 años. Esta mujer conoció a uno de los fundadores del movimiento, el padre Carlos Cajade, quién le ofreció ayuda y desde ese momento Miguel no se separó nunca más de él: “Carlitos me enseñó a protestar. Siempre decía que el Estado tenía que escuchar el reclamo de la sociedad y para que no pueda hacer oídos sordos, teníamos que ser muchos y estar unidos“.
Nada el pájaro y vuela el pez
En el discurso de asunción, Raúl Ricardo Alfonsín dijo “con la democracia se come, se cura, se educa.”
El movimiento nació en 1987 en una capilla de la localidad de Florencio Varela: “Estábamos muy preocupados por la situación de la infancia en nuestro país. Veíamos a los niños descalzos, hambreados y no podíamos quedarnos sin hacer nada”, relata Alberto Morlachetti, uno de los impulsores de la organización.
El Hogar de Madre Tres Veces Admirable -ubicado en la periferia de La Plata- llegó a albergar a casi cien niños, según recuerda Miguel: “Eran tiempos más difíciles, pero como decía Carlitos, este país necesita padres que trabajen para que puedan darle de comer a sus hijos y acá todavía hay pibes que se mueren desnutridos”.
Los datos oficiales revelan que en promedio en los 80`, la pobreza superaba un 15 por ciento, los saqueos a supermercados se reiteraban, los precios de los alimentos no paraban de subir y los salarios no alcanzaban, crecieron las villas miseria y surgieron los que se conocieron como “nuevos pobres”.
Laura Tafettani, coordinadora de la provincia de Buenos Aires, se refiere al momento de fundación del movimiento: “Igual que ahora, en ese entonces las familias no llegaban a cubrir la canasta básica y durante el menemismo, la política de abandono estatal se acentuó, arrojando cada vez a más personas a la miseria. Hoy seguimos sufriendo el modelo económico que impusieron en el ‘75 cuando nos mataban los militares. Ahora, en cambio, nos matan de hambre”.
Que los gatos no hacen miau y dicen yes porque estudian mucho inglés
Carlos Menem tomaba el mando en forma anticipada en 1989 y anunciaba: “Voy a gobernar para los niños pobres que tienen hambre y para los niños ricos que tienen tristeza.”
Jhony (22) de Córdoba, relata que su papá se quedó sin trabajo y él con sus hermanos tuvieron que salir a mendigar para no morirse de hambre “Mi mamá limpiaba casas pero no nos alcanzaba y cada día llegaba más cansada hasta que cayó en cama y no se levantó más. Una vez vino a vernos la gente del movimiento y empezamos la escuela y comíamos todos los días en el comedor. Mi papá no consiguió trabajo pero hace changas y yo lo ayudo. Además colaboro en el comedor y ayudo a los chicos que están pidiendo en la calle porque a mí también me tocó.”
Los niveles de exclusión y vulnerabilidad no resultaron congruentes con una sociedad con demandas de equidad social; comenzaron los primeros cortes de ruta a raíz del crecimiento de la desocupación. Según el INDEC, la pobreza llegó al 25 por ciento.
“Desde nuestros inicios creímos que sin trabajo no hay infancia, por eso armamos el encuentro con la Confederación General del Trabajo un año después de nuestro nacimiento. En el 2000 decidimos incorporarnos a la CTA, por considerarla una herramienta fundamental frente a los sindicatos que traicionan”, puntualiza Morlachetti. “La batalla por el trabajo digno es el punto fundamental en la pelea contra el hambre. La asistencia es un paliativo, nada más”.
En los 90´ morían por causas evitables 2 niños menores de 5 años cada 53 minutos y 10 mil por año por desnutrición.
Nadie baila con los pies
“A través del plan Más Escuelas hemos extendido el ciclo lectivo de miles de niños y jóvenes de las provincias que sufren mayores dificultades socio-económicas“, aseguraba Fernando De La Rua, quién durante su mandato continuó con la tradición de fortalecer la herencia más allá de cuestionarla.
El movimiento pensó entonces una estrategia distinta para denunciar el hambre y decidió movilizarse por las distintas provincias: “Para los chicos, marchar es una aventura, y en ese camino aprendemos juntos. La sabiduría popular está en ellos. Cuando vemos sus dibujos que traen a las protestas, les preguntamos: ‘¿Por qué un árbol?’ Y te responden ‘porque todo comienza desde la raíz’. ‘¿Por qué una nena sola?’ ‘¡Es una muñeca! Nosotros también tenemos derecho a jugar’”, cuenta con un dejo de ansiedad Tafettani.
La crisis social que se venía gestando con tanto latigazo al pueblo se agravaba sistemáticamente: “Teníamos hambre, no había trabajo, ni comida. Salíamos a revolver la basura para darle de comer a nuestro hijos y éramos muchos los que estábamos en la misma. Cuando supe del movimiento me contacté y ahí empecé a involucrarme en la lucha porque no hay otra salida” afirma Zulma García, quién trabaja como cocinera en Pelota de Trapo, una de las organizaciones integrantes del movimiento.
Que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres
En el 2001, marcharon por primera vez. Casi 400 chicos acompañados por educadores partieron desde La Quiaca hasta Plaza de Mayo con su reclamo de una infancia feliz.
Uno de los documentos que publicaron -en pleno Argentinazo- explicaba el porqué de esa movilización: “Marchamos porque ser niño ya no es un barco de papel, ni una aventura de pan y chocolate. Ser niño pobre, hoy es tener un nombre y un destino: prostitución, droga, cárcel o ser asesinado en cualquier esquina de la pobreza”. Así recorrieron 2.500 kilómetros y en cada parada fueron recibidos por miles de personas que se unían al grito de auxilio: “Nos estamos muriendo“. No fue ésta, la última vez.
Que usan barbas y bigotes los bebés y que un año dura un mes
La pobreza alcanzaba a la mitad de la población, el desempleo superaba los registros históricos del país. Los chicos se morían de hambre. Los grandes también.
Eduardo Duhalde llegaba a la presidencia en enero del 2002 y declaraba “No lo duden un solo instante: Argentina tiene futuro.”
Los chicos marcharon por 4.500 kilómetros desde Misiones hasta Capital Federal, eran alrededor de 300 pibes y cerca de 100 educadores: “Marchemos, que se nos muere la vida” fue la consigna.
El 8 de noviembre llenaron la Plaza de Mayo, Esteban Peralta quien tenía 8 años, 6 hermanos y era huérfano pero no le faltaba amor dijo: “En la casa (la asociación sin fines de lucro Mitaí Tuyá) tengo muchos amigos y con Nati (la docente) aprendo un montón de cosas. En Buenos Aires aprendí la historia del Cabildo y todo. Conocí mucha gente buena allá y en los colectivos hacíamos juegos entre todos, cantábamos y todos contamos nuestras historias.”
18 millones y medio de personas eran pobres, casi 9 millones eran indigentes y los reclamos de trabajo y comida fueron reprimidos, se repetía la historia de la política del palo para tapar la miseria que explotaba por todos lados.
Alan tenía quince años, padres con trabajo y vivía en Alto Verde Santa Fe cuando llegó a Buenos Aires donde confesó que su barrio era “tranquilo, muy pobre y sucio”, le gustaba estudiar pero le costaban las matemáticas y cuando llovía no iba al colegio porque tenía que asistir a su familia: “El agua pasa por todos lados y se nos mojan las cosas. Tapamos con bolsas pero no siempre salvamos todo”.
Cabe un oso en una nuez
El movimiento partía desde San Miguel de Tucumán el 20 de julio del 2005, para alertar a la sociedad sobre la situación de la infancia en la Argentina y el primero de julio pisaba suelo porteño. Laura (13) era de Lomas de Zamora y en ese momento señalaba: “El gobierno tendría que poner toda la plata necesaria para abrir las fabricas y cultivar los campos, así nuestros papás tendrían trabajo para poder comprar comida y poder comer en nuestras casas y no en comedores, como la mayoría de los pibes lo hacen” y Cristian de la misma edad, pero oriundo de Tucumán leía -en Plaza de Mayo- una poesía: “Porque nosotros tenemos sueños. Soñamos con una casa grande, con una habitación para mí solo, con el baño adentro, con piso, con un patio grande para jugar a la pelota”.
Respecto a la convivencia en los micros, el traslado y el arribo a distintos pueblos, el coordinador nacional Morlachetti dijo, “siento que la marcha fue un gran abrazo, si tuviera que medir el grado de adhesión te diría que fue muy alto en todas las ciudades que pasamos. La gente ha sido muy solidaria con los chicos y con los educadores. Es una experiencia muy emocionante.”
En octubre moría Cajade. Miguel Cabrera, quién ahora tiene 25 años, mujer y dos hijas con las cuales llevan adelante proyectos de autogestión para sostener el hogar, donde “Carlitos” lo crió de chico: “Tenemos una imprenta y una panadería. Siempre va a haber chicos que necesiten un espacio de contención mientras sigamos viviendo en este sistema y aunque hacer pan nos está costando más que imprimir, aquí no les va a faltar el alimento.”
Que hay un perro pequinés que se cae para abajo
El 3 de enero del 2006, el Presidente de la Nación Néstor Kirchner -quién había anunciado al asumir que no iba a pagar la deuda con el hambre de la gente- cancelaba todo lo que le debíamos al Fondo Monetario Internacional, una suma de 9 mil 810 millones de dólares. La medida fue implementada seis meses después de la marcha realizada desde Tucumán -donde el 70,6 por ciento de los chicos menores de catorce años son pobres- hasta la ciudad de Buenos Aires -donde el índice de pobreza alcanza al 12,9 por ciento- pasando por Catamarca, La Rioja, Córdoba, Santa Fe, Concordia, José C. Paz y Moreno (en el conurbano bonaerense) donde el movimiento alertaba sobre cómo se morían los chicos en nuestro país.
“No vamos a parar hasta conseguirlo, vamos a seguir luchando con alegría, como sabemos hacerlo nosotros, con el trencito, con nuestros payasos y malabaristas nuestras banderas y títeres”, así expresa las ideas por las que integra la organización, Daniel, de 11 años de Hurlingham.
Los últimos datos del INDEC publicados el 8 de noviembre de este año rebelan que la canasta básica aumentó un 0,9 por ciento por la suba en los alimentos, que según la Asociación Consumidores Libres, perjudica a las clases populares porque los precios que más crecieron son los de los productos que consume este sector: carnaza 15,90 por ciento; fideos guiseros 19,80 por ciento; harina 18,50 por ciento; jabón de tocador 17,80 por ciento; polenta 18,70 por ciento; té en saquitos 10,10 por ciento; tomate perita 81,90 por ciento; yerba mate 14,90 por ciento. Con estos datos se hace más fácil entender porqué nueve millones de niños se encuentran en la pobreza y la mitad casi no come.
Y una vez no pudo bajar después
“Acá sino te morís de hambre, te morís por el paco, o la poli te mete un tiro por nada; yo ya perdí varios amigos y si no fuera porque entré en la murga del “Culebrón”, estaría en cualquiera y ahora puedo ayudar a otros. Me siento alguien. Ahora, también estamos preparando una consulta popular y el lunes 20 nos movilizamos con el movimiento para decirle ¡Basta al hambre!”, asegura Marcela Aguirre de 20 años de Moreno, localidad del segundo cordón del conurbano bonaerense.
Este año no hubo marcha pero la denuncia por los niños que “desaparecen” a causa de la falta de alimento se tradujo en la campaña “El hambre es un crimen”, y en cada uno de los lugares donde hay una agrupación integrante del movimiento se realizaron jornadas informativas.
Cien pibes mueren por día en Argentina porque no tienen qué comer. Ignorarlos, nos convierte en monstruos.
Nota color
Hilvanando sueños
Esperanza se distingue porque tiene los cachetes muy colorados aunque no le sobra timidez, se mueve de un lado a otro para hacerse notar, sus ojos redondos, grandes y brillantes parecen mirar un punto fijo; es chiquita, su pelo negro -en una especie de crisis de identidad- se debate entre el lacio y el ondulado, usa guantes blancos y un vestido verde con estampas amarillas, por la elegancia se parece a su mamá, una niñita de siete años que con manitos de artista, un par de trapos y botones la creó pensando en que sería un buen juguete para su hermana que “todavía” está en la panza de la mamá. Se llama Yanina, le gusta la hora de recreación tanto o más que la leche con galletitas de las cuatro de la tarde.
Sobre la mesa de menos de un metro de altura –en el centro educativo “Nuestra Señora de los Niños en Avellaneda- están desparramados los materiales: acuarelas y pinceles, goma de pegar y papeles glasé, lápices y crayones, entremezclados con telas, palitos y tapitas de gaseosas que los chicos no paran de revolver en la búsqueda del objeto más adecuado para darle forma a su obra maestra. Todo cabe en la imaginación, tiritas de lana para la melena del león, algodón para la nariz de la tortuga, brillantina para el gorro de un cocinero y una cajita de fósforos para la panza de un robot.
Juan de seis años está concentrado en su trabajo, armó un perro verde, “como el de la tía”, dice y sonríe orgulloso dejando ver que le faltan algunos dientes mientras continúa pintando el títere por el cual la encargada del taller lo felicitó. Cuenta que el ratón Pérez, le trajo dos libros de animales uno con ilustraciones de la selva y el otro de la granja.
A su lado, Marcelo recorta lunares de cartulina azul para pegar en el traje de payaso de su marioneta, que se diferencia de las demás por su tamaño. Es grande, tiene patas y manos largas pero todavía está desnuda. “Lo más difícil es el pantalón porque las telas no me alcanzan y no sé coser”, relata con un dejo de mal humor mientras trata de encontrar una solución sin darse por vencido.
Las ventanas medianas permiten que la luz del sol agregue calidez al lugar que, en medio de tanto abandono y pobreza, despierta las ilusiones sobre otra infancia posible cuando el trabajo colectivo y la idea de cambio están en la agenda diaria.
Dos prolijas trenzas que terminan a la altura de los hombros con un moño de cinta de raso rosa le cuelgan a cada lado a la pequeña Mariana, una de las más chicas de la sala, quien arrodillada en la silla, con los codos apoyados sobre el respaldo y las manos sosteniendo su pera, observa atenta los intentos fallidos de sus vecinos de atrás quienes buscan darle movimiento a una mariposa con alas de hilo y cartón que aún no colorearon. Parece que quisiera decir algo, pero guarda silencio.
En la habitación sobran los colores, desde la puerta de ingreso donde cuelgan caricaturas de niños felices hasta en las paredes que están empapeladas con el abecedario, el tren de la alegría, un gusano que carga en su espalda las vocales, flores que informan sobre la llegada de la primavera y fotos de movilizaciones y cumpleaños de los chicos que parecieran decir algo sobre la historia de reclamos y crecimiento pintada por ellos mismos.
“El año pasado armamos los carteles para la marcha y nos divertíamos mucho porque había un montón de tarros con pinturas que salían fácil de las manos, entonces podíamos ensuciarnos sin problema y terminamos todos enchastrados. Al final apoyábamos la mano llena de pintura sobre la tela donde escribimos: ‘Ni un pibe menos’”, recuerda Cristian de nueve años quien cuando llegó a la Plaza y vio tantos chicos comenzó a buscar otros carteles con más manos.
El alboroto y las voces no dejan escuchar la música que sale desde un moderno equipo estéreo colocado adrede en un estante de madera al que los chicos no alcanzan, Gladis se lamenta porque apenas oye su canción preferida. “Es la de Piojos y Piojitos”, dice sin disimular la trompa de enojo porque en su casa no tiene el CD y en la radio no lo pasan.
Cerca del mueble donde guardan los materiales en prolijas cajas forradas y etiquetadas está Paula, la docente de arte y manualidades, a la espera de que entre todos comiencen a recolectar y guardar lo que utilizaron. Delante de ella se va formando una fila, cada uno entrega los útiles y luego vuelven a sus asientos. “No siempre se portan tan bien, pero hoy es un día especial porque hay visitas. Nosotros trabajamos cada momento para incentivar la solidaridad y el compañerismo pero lo que sucede acá adentro es muy distinto a lo que pasa afuera y porque no queremos vivir con esta contradicción vamos más allá de educar a nuestros pibes.”
La primera en ordenar las cosas es Puppe -así le dice su abuela materna, quien la crió cuando mataron a su mamá- porque en Alemania significa muñeca, y Alejandra parece una de esas antiguas de porcelana por su piel blanca y su delicadeza.
Por lo general detrás de ella llega Paulita que viene desabrochándose el pintorcito para luego arrojarlo al canasto y alcanzarle lo que usó a la maestra quien un rato antes de que los chicos se retiren les pregunta cómo la pasaron y qué lograron crear en la clase. Juan se apura a responder, porque también está ansioso por recibir una respuesta: “Terminé de pintar el perro, ¿puedo llevarlo a casa?”. Siempre con una sonrisa Paula asiente el pedido: “Es muy importante que aprendan que con sus manos pueden hacer cosas creativas y que sus familias vean lo que los chicos logran con el esfuerzo diario. También es una enseñanza para los más grandes. El día de la jornada de protesta del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo, irán con sus trabajos para darle color a la infancia que tanto lo necesita”.
Despide a cada uno de ellos con un beso que los pequeños devuelven con cariño y respeto. “Hasta mañana seño, la voy a extrañar”, saluda con dulzura Agustín, quien le retribuye un abrazo efusivo que dura hasta que Carlos le pide que se corra así también le demuestra su amor hasta el próximo encuentro.
En el centro educativo “Nuestra Casa de los Niños”, hay un perro verde y una muñeca que se llama Esperanza. Todo cabe en la imaginación.
El aula queda vacía, pero de lejos se escuchan las risas de los chicos que están en el patio disfrutando de los juegos.
Entrevista
El hambre es un crimen
La doctora Graciela Martese es Jefa de Pediatría y Adolescencia del Hospital General de Agudos Doctor Abel Zubizarreta, integra el comité Uniendo Acciones 2006 y participa como coordinadora en las Jornadas de Jóvenes, organizadas por la Fundación Argentina de Adolescencia (FADA).
¿Qué consecuencias trae la falta de alimentos en el desarrollo de los chicos?
En caso de que sobrevivan al primer año de vida con un grado de desnutrición severa, el principal problema es la oligofrenia o el retraso mental, pero durante este período pueden tener enfermedades interrecurrentes, infecciones graves, gastroenteritis, síndromes de mala absorción, raquitismo, distrofias, insuficiencias cardiologías. Todo el organismo se altera cuando los niños no comen bien, y al llegar a jóvenes no van a tener suficientemente desarrolladas las capacidades intelectuales.
¿Hay posibilidad de revertir estos trastornos si se los descubre a tiempo?
Si dentro del primer mes se proveen las vitaminas y la alimentación correspondiente, las secuelas disminuyen. En Argentina hay planes maternos infantiles, que destinan a cada municipio raciones de carne y leche fortificada, entonces con una orden médica, la familia tiene derecho a recibirla. Los trastornos orgánicos son más fáciles de revertir pero, por ejemplo, en el hospital Zubizarreta, cuando llega un chico desnutrido aplicamos un tratamiento para que engorde: le ponemos una sonda nasogástrica, le estimulamos la parte alimenticia por boca, logramos que recupere el apetito, pero cuando lo devolvemos al medio vuelve a desnutrirse en menos de seis meses.
¿Qué diferencias hay entre un chico que no come bien desde que nació y uno que empieza con el problema en la adolescencia?
El que fue desnutrido de nacimiento va a diferenciarse en relación a la talla, al peso, al grado de posibilidades de estudio, pero a la larga, el adolescente que el padre no trabaja y no tiene para comer va a terminar pareciéndose al que nació con este problema porque para saciar el hambre, los jóvenes recurren a paliativos como la drogas que también terminan limitando su capacidad de pensar.
¿Qué pasa con los chicos que comen siempre lo mismo?
En el caso de los niños que tienen como base para su alimentación el hidrato de carbono, se convierten en farináseos, es decir son gordos pero no tienen una buena nutrición. Este problema afecta sobre todo a las familias pobres que solo tienen posibilidad de comprar este tipo de alimentos porque son los más baratos y por otra parte las canastas de productos que reparte el Estado están compuestas en su mayoría por harinas, con la gravedad que genera no respetar la pirámide nutricional.
¿Qué diferencia hay entre la desnutrición que se sufre en las provincias del norte y la del conurbano bonaerense o la Capital Federal?
Hay chicos de provincia que están muy bien nutridos y chicos de la capital que están desnutridos, porque por ejemplo, el guiso tiene alto valores alimenticios en cambio lo que se conoce como comida chatarra es sinónimo de mala alimentación (por lo general este es un problema de los jóvenes de clase media y alta). Los del norte no van a tener tantas posibilidades como los de acá en cuanto a la ayuda del Estado pero teniendo en cuenta que en el conurbano bonaerense se concentra más de la mitad de los habitantes de nuestro país y a su vez muchos son oriundos de Paraguay, Perú y Bolivia –lo que trae aparejado un problema cultural respecto a la alimentación- esta termina siendo una de las zonas más pobres de Argentina.
¿Que dificultades trae para la escolarización la mala alimentación?
Los chicos no van a contar con la suficiente capacidad para prestar atención, van a presentar debilidades mentales o retrasos madurativos, otros se van a quedar dormidos en la clase por falta de glucosa. Las escuelas se hacen cargo de darles de comer, leche o mate cocido con un alfajor o una galleta y muchas veces los niños guardan parte del desayuno para que sirva de cena en su casa.
¿Sirven los comedores? ¿Por qué?
Pienso que los comedores no deberían existir porque tendría que haber una equidad lógica para que la gente pueda comer en su casa, lo que quiera de acuerdo a sus costumbres. Pero hoy son un paliativo necesario sin los cuales habría aún más muertes de infantes a causa del hambre. Yo conozco muchos padres que no tienen como alimentarse, pero mandan a sus hijos a los comedores.
¿Cree que con este gobierno está cambiando la situación del hambre en la infancia?
Considero que no, porque si bien disminuyó la mortalidad infantil, no bajó la pobreza. Cien niños mueren hambreados cada día en un país con suficiente cantidad de alimentos para que todos comamos bien. Otros mueren por enfermedades que son totalmente prevenibles, entonces no es cuestión de un gobierno o una gestión, acá tiene que haber un cambio mayor porque hemos llegado a un deterioro tan grande que el que se mejora va a ser siempre el de las clases acomodadas, y el pobre va a seguir siendo pobre o va a caer en la indigencia. Revertir esta situación va a llevar mucho tiempo, quizá ni mis hijos ni mis nietos vean una Argentina menos miserable. El hambre es una causa social gravísima que no debe existir, y en estas tierras donde vos tiras una semilla de cualquier cosa y crece, no en una maceta sino por ejemplo, en el cantero de la puerta de calle, es imperdonable que la mitad de la población sea pobre. Que tengamos una infancia desnutrida tiene que ver con fuertes factores culturales, educativos y sin duda políticos..
¿Está en peligro la sociedad cuando las futuras generaciones se mueren de hambre?
Las que están en peligro son las presentes, las futuras no van a existir porque, imaginemos qué modelo de nación estamos construyendo si los chicos desaparecen a causa de la pobreza. Una sociedad totalmente dividida, aquellos que pudieron llegar, son los que van a seguir, y los carenciados van a estar enfermos o muertos.
La vida en una factoría
Por Liliana Chiernajowsky, Maribel Mouzo, Nayla Ramírez, Cecilia Segovia y Soledad Zabala
En la actual etapa del capitalismo globalizado, las condiciones laborales de muchos trabajadores parecen sufrir, paradójicamente, una involución hacia formas precapitalistas. Muchas de las grandes marcas que lideran el mercado de la industria textil en Argentina terciarizan su producción en talleres clandestinos que utilizan mano de obra inmigrante. Siguiendo una tendencia mundial, este sistema aprovecha Estados ausentes y controles escasos o inexistentes. Testimonios de aquellos que viven y duermen junto a las máquinas con las que elaboran prendas por las que les pagan centavos, permiten una aproximación al tema.
Por Liliana Chiernajowsky, Maribel Mouzo, Nayla Ramírez, Cecilia Segovia y Soledad Zabala
En la actual etapa del capitalismo globalizado, las condiciones laborales de muchos trabajadores parecen sufrir, paradójicamente, una involución hacia formas precapitalistas. Muchas de las grandes marcas que lideran el mercado de la industria textil en Argentina terciarizan su producción en talleres clandestinos que utilizan mano de obra inmigrante. Siguiendo una tendencia mundial, este sistema aprovecha Estados ausentes y controles escasos o inexistentes. Testimonios de aquellos que viven y duermen junto a las máquinas con las que elaboran prendas por las que les pagan centavos, permiten una aproximación al tema.
"Yo fui traída. Me trajo un señor mayor para el taller de su hijo", relata Olga, costurera boliviana, con una naturalidad aprendida en el rigor. Ella es una de las tantas personas que vino a la Argentina en busca de trabajo y un mejor pasar. El 29 de marzo de 2006 dos adultos y cuatro menores, todos de origen boliviano, murieron al incendiarse un taller textil clandestino que funcionaba en Luis Viale 1269, en el barrio de Caballito. En el local, que hacía las veces de factoría y dormitorio, vivían hacinadas decenas de inmigrantes. El incendio puso al descubierto la existencia de lugares de trabajo ilegales en la Ciudad de Buenos Aires, aunque no es posible brindar una cifra exacta porque no hay registros oficiales. Sus condiciones de trabajo recordaron las épocas de la esclavitud.
Sin embargo, esta situación no era desconocida. El 25 de octubre de 2005, luego de una extensa investigación, la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires junto al centro comunitario La Alameda -donde funciona también la Unión de Trabajadores Costureros- inició una denuncia penal por reducción a la servidumbre y tráfico de personas.
"El año pasado, antes del incendio de Luis Viale, ya se había presentado una demanda contra los talleristas Juan Carlos Salazar Nina y Remedios Flores Alarcón y las firmas Lacar, Montagne y Rusty, que mandaban a confeccionar sus prendas en estos talleres ubicados en Laguna 942 y Garzón 3853”, explica Gustavo Vera, representante de la Unión de Trabajadores Costureros (UTC).
La presentación recayó en el juzgado del abogado Norberto Oyharbide, quien primero tomó la causa pero luego la desestimó con el argumento de que no había elementos que justificaran la competencia federal. "No atendió a la figura de la trata y del tráfico de persona, que son delitos eminentemente federales, previstos en la Ley de Migraciones 25824", comenta el jurista Mario Fernando Ganora, Jefe de Área de Derechos Individuales, Discriminación y Violencia Institucional de la Defensoría. Finalmente la causa de los talleres clandestinos recayó en la Fiscalía Federal Nº 7.
Sin embargo, esta situación no era desconocida. El 25 de octubre de 2005, luego de una extensa investigación, la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires junto al centro comunitario La Alameda -donde funciona también la Unión de Trabajadores Costureros- inició una denuncia penal por reducción a la servidumbre y tráfico de personas.
"El año pasado, antes del incendio de Luis Viale, ya se había presentado una demanda contra los talleristas Juan Carlos Salazar Nina y Remedios Flores Alarcón y las firmas Lacar, Montagne y Rusty, que mandaban a confeccionar sus prendas en estos talleres ubicados en Laguna 942 y Garzón 3853”, explica Gustavo Vera, representante de la Unión de Trabajadores Costureros (UTC).
La presentación recayó en el juzgado del abogado Norberto Oyharbide, quien primero tomó la causa pero luego la desestimó con el argumento de que no había elementos que justificaran la competencia federal. "No atendió a la figura de la trata y del tráfico de persona, que son delitos eminentemente federales, previstos en la Ley de Migraciones 25824", comenta el jurista Mario Fernando Ganora, Jefe de Área de Derechos Individuales, Discriminación y Violencia Institucional de la Defensoría. Finalmente la causa de los talleres clandestinos recayó en la Fiscalía Federal Nº 7.
“También se solicitó investigar el papel de la Dirección de Migraciones y el del Ministerio de Trabajo de la Ciudad que permanecían indiferentes frente al régimen de trabajo esclavo", agrega Gustavo Vera. Su organización ha logrado generar algunos mecanismos para que el costurero que se quede en la calle tenga asistencia inmediata. A su vez, creó una bolsa de trabajo que apunta a reubicarlos en lugares donde exista la posibilidad de empleo en blanco.
La ruta del reclutamiento
Historias como la de Olga alimentan una hipótesis: los inmigrantes bolivianos son reclutados en su país y llegan a Argentina con el objetivo de trabajar en alguno de los tantos talleres que se sitúan principalmente en la ciudad y la provincia de Buenos Aires.
Las escasas posibilidades laborales que estas personas tienen en el país vecino hacen sumamente atractivo el traslado a Buenos Aires.“Cuando llegué a la terminal, me subieron en un auto y me llevaron a un taller donde permanecía encerrada. Un día mis paisanos salieron, la puerta quedó abierta y ese domingo yo escapé”. De este modo, Olga se conectó con La Alameda en Parque Avellaneda. Desde entonces, participa en los talleres de costura y en las actividades comunitarias de la cooperativa.
En las denuncias sobre esta supuesta red de tráfico de personas se compromete la participación del cónsul adjunto de Bolivia Albaro González Quint. Según Gustavo Vera y los abogados de la Defensoría, varios testimonios dan cuenta de la existencia de mediaciones que se realizaban en el Consulado entre talleristas y trabajadores, a quienes, a cambio de una suma irrisoria de dinero, se los obligaba a desistir de sus acusaciones.”El señor no me pagó lo que me había prometido, por eso fui a la policía a quejarme y ellos no me recibieron, me dijeron que tenía que ir al consulado, que yo no tenía derecho a hacer la denuncia por ser indocumentada”, cuenta Olga resignada. Sin embargo, la Ley de Migraciones 25871 sancionada en diciembre de 2003, que reforma la ley 22439 promulgada durante el último gobierno militar, habilita a todos los inmigrantes a hacer denuncias e incluso a iniciar juicios aún sin poseer documentación. Lo engorroso y caro de los trámites de radicación y su manipulación política, son elementos que coadyuvan a mantener la situación de precariedad e indefensión de los costureros reclutados.
"No tengo nada que ver con las infamias de las que se me acusan”, aseguró el diplomático. “Gustavo Vera es un mentiroso, además él no es representativo de los trabajadores bolivianos. Ellos no están representados por él ni por nadie. No se comunican, casi no salen, están todo el día trabajando y no tienen vínculo con la comunidad”.
La polémica entre ambos consta de larga data. "El cónsul es un mafioso, todo el mundo lo sabe. Es un funcionario que viene de la época de Fernando Sánchez Losada”, responde exasperado el representante de la UTC. “Lo que hacía era encubrir todo el sistema de trabajo esclavo”. Afirma que por esa razón, la Cancillería y el Ministerio de Trabajo también reclamaron al gobierno de Evo Morales la destitución del Cónsul Adjunto por el desempeño que ha tenido durante su gestión.
En respuesta a los reclamos y a la repercusión pública que tuvo el tema, se implementó el programa Patria Grande, que permite la radicación precaria de los inmigrantes y una rebaja importante de los aranceles para conseguir la documentación proveniente desde Bolivia. Su costo se redujo de cien a tres dólares.
El funcionamiento del sistema neoesclavista
Las grandes marcas subcontratan para la producción de sus mercancías talleres a los que les pagan muy poco. Estos, a su vez, para obtener mayores márgenes de ganancia, imponen condiciones de sobreexplotación, al estilo de los viejos sweatshops, término que remite a la situación de la clase obrera en la Inglaterra de 1847. Este es un fenómeno mundial que se originó en Tailandia, en Filipinas, en países del sudeste asiático donde empresas multinacionales como Reebock, Microsoft y Nike comenzaron a usar niños y mujeres embarazadas, porque sus empleados exigían mejores condiciones laborales. Esta estrategia se extendió a California y especialmente a Centroamérica, en países como Guatemala y México.
En el marco de la globalización y la desregulación laboral que instaura el neoliberalismo, empresas transnacionales apelaron a zonas donde se registra una alta vulnerabilidad social.
En la Ciudad de Buenos Aires las denuncias contra Montagne, Lacar, Kosiuko, Rush, Portsaid, Graciela Naum, Coco Rayado, entre otras, ponen en evidencia la misma operatoria y confirman la existencia de un sistema neoesclavista que no sólo afecta a la comunidad boliviana, sino que tiene un fuerte impacto sobre el mercado laboral.
Esta forma de trabajo servil no es un problema que ataña únicamente al gobierno de Bolivia, ya que al tratarse de un delito que se comete en jurisdicción nacional corresponde la aplicación de la ley argentina. El Ministerio de Trabajo y los tribunales laborales de la Nación son los organismos que tienen competencia para intervenir en la resolución de los conflictos laborales. “Esta problemática molesta a muchos funcionarios y sindicalistas debido a que desnuda cuáles son las reglas de juego que efectivamente rigen en el mercado”, afirma Ganora. “Es el Estado argentino el que tiene que actuar de oficio y poner en marcha su maquinaria, sino se convierte en cómplice”, concluye enfático.
Las políticas aplicadas durante la década del `90 en la Argentina introdujeron profundos cambios en la estructura económica y en la organización del Estado. Flexibilización laboral, apertura económica indiscriminada, arrasamiento del sistema productivo y abandono de las funciones estatales en materia de regulación a los actores económicos, son los factores que permitieron elevados índices de desempleo y trabajo informal. Estas medidas se aplicaron con la complicidad sindical. “Estamos esperando que el sindicato se ponga a la altura de las circunstancias, ya que es el único que tiene a la mayoría de los trabajadores de su rama por fuera de su estructura gremial, pero sigue usurpando una personería que le permite negociar convenios colectivos. Por ejemplo, tiene la facultad de inspeccionar los talleres y no lo hace”, acusa el vocero de la UTC.
El laissez faire del que goza el sector privado alienta diversas formas de evasión y elusión para burlar sus obligaciones impositivas y los aportes patronales. De esta forma, las empresas obtienen ganancias escandalosas en una economía que funciona en negro y producen una pérdida millonaria al fisco.
El caso de Kowsef S.A (Kosiuko) es emblemático porque revela las dificultades para demostrar la relación entre las marcas y los talleres y la falta de voluntad política para sancionar las prácticas empresariales. La denuncia presentada a partir del testimonio de Simona -costurera que se infiltró en un taller que se cree vinculado a la firma- no avanza en la Justicia, supuestamente porque no se encontraron elementos suficientes que prueben la responsabilidad de la marca.
Ariel Lieutier, Subsecretario de Trabajo de la ciudad, explica algunas de estas dificultades. “Se trata de una economía en paralelo que mueve fortunas, una gran evasión fiscal que afecta a la DGI, la ANSES y la AFIP. Pero es difícil de probar. Las empresas que terciarizan violan la legislación que regula el trabajo a domicilio y con ello se desentienden de las condiciones en que se trabaja en los talleres”. Agrega que en muchas ocasiones, en el Servicio de Conciliación Laboral Obligatoria (SECLO), dependencia del Ministerio de Trabajo de la Nación, las marcas también compran el silencio de los trabajadores con cifras mínimas.
Sin embargo, el papel del Gobierno de la Ciudad en este tema, también esta bajo sospecha. El expediente de un taller de Sáenz Valiente 95, donde se encontraron datos reveladores (etiquetas y remitos de la firma Kosiuko), aún se encuentra cajoneado en la Procuración de la Ciudad, que inexplicablemente todavía no lo elevó al fuero federal.
“El asunto es que hace ya más de un año que la causa está en danza y solamente hemos discutido cuestiones de competencia. La tradición es que la Justicia Federal no resuelve los casos, y la justicia ordinaria no tiene la facultad para hacerlo, y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no tiene la capacidad ni la voluntad política de actuar frente al problema del trabajo esclavo. Lo cierto es que el tema permanece tal cual empezó y sólo se ha logrado su instalación en la opinión pública”, sentencia Ganora.
Más allá de las vicisitudes de la causa en los ámbitos judiciales, esta realidad tiene un núcleo duro difícil de modificar por sus imbricaciones con el poder económico y el poder político. Pero, aún cuando la cuestión haya perdido vigencia en la agenda de los medios y sus actores sigan viviendo en las mismas condiciones; para algunos de ellos esta experiencia ha dejado marcas. Como Olga y Simona, hoy muchos de los inmigrantes que trabajan de sol a sol por pagas miserables, han adquirido un protagonismo que los fortalece. Sus últimas palabras poseen una contundencia reveladora: “Nosotros los hacemos ricos”.
Nota color
“Eso era esclavitud”
Simona nació en La Paz, Bolivia. Tiene 44 años y hace dos viajó a Buenos Aires a trabajar en una fábrica textil. Con un tono de voz muy suave recuerda el momento en que todo comenzó, “un día un vecino me contó que en la radio pedían costureras para un taller argentino. Yo me contacté con un paisano y me dijo que me iban a pagar 500 dólares por mes y que una vez establecida me darían un lugar para vivir junto a mis niños”. Sola con sus 6 hijos y con su puesto de cocinera en la escuela del pueblo, lo que ganaba no le alcanzaba para cubrir las necesidades básicas de su familia. “Me dieron la posibilidad de traer conmigo a uno de mi chicos. Al resto me los iban a enviar después. Entonces yo acepté”, evoca. Pero cuando llegó a Buenos Aires todo era muy diferente a lo prometido. En abril de este año el pequeño que vino con ella falleció tras no poder recibir la ayuda médica necesaria, y el resto de sus hijos aun continúan en La Paz. Tampoco la fábrica era el lugar convenido. Terminó en un taller textil ilegal donde la hacían trabajar todos los días desde las 8 de la mañana a la 1 de la madrugada del día siguiente. “Era un cuarto cerrado sin ventilación y la puerta siempre estaba con llave. Muchos de mis compañeros vivían allí y continuaban con las labores hasta altas horas de la noche. En cambio, a mi me permitían vivir en una pensión cercana al taller”, continúa.
“Trabajábamos todo el día, no veíamos la luz del sol y casi ni comíamos. Fue muy duro, pero necesitaba el dinero y tenía la esperanza de que me trajeran a mis hijos. Pero eso nunca sucedió”. Al hablar de sus niños los ojos de Simona se llenan de lágrimas y debe esforzarse para seguir adelante con su relato. “Mientras el patrón no estaba permanecíamos encerrados, sólo podíamos salir cuando él venía y siempre nos controlaba. No podíamos hacer nada solos”.
Su rostro moreno endurecido por las penurias vividas, se contrae en un gesto de amargura al recordar el momento en que fue desalojada. “Como sufro reuma tuve que dejar de trabajar. No pude continuar pagando la pensión y me echaron”. Totalmente desamparada, sin contar siquiera con el escaso dinero que ganaba en el taller, fue en busca de ayuda. Así llegó a La Alameda, donde la recibieron sus pares.
La organización -cuyo titular es Gustavo Vera- que nuclea a costureros bolivianos, fue de la primera en denunciar la explotación de inmigrantes ilegales en talleres clandestinos. Simona comenzó a trabajar en la cooperativa ocho horas diarias y a participar activamente de las actividades comunitarias. “Aquí encontré ayuda y pude mejorar mi situación. Pero sentía mucha pena por mis hermanos que aún continuaban encerrados. Cuando me propusieron poder ayudar, tuve mucho miedo, pero no dudé en hacerlo”, comenta Simona. Debía infiltrarse en un taller ilegal para recaudar información puntual sobre su funcionamiento y las actividades que allí se realizaban. “Llegué a un edificio donde me atendió una mujer a la que le pedí trabajo. Le dije que había llegado gracias a las indicaciones de una vecina y que no tenía documento, pero esto no le importó. Al principio sospechó, pero luego de tomarme una prueba me contrató y me ofreció quedarme a trabajar ese mismo día. Le dije que no podía por mis hijos, pero que volvería al día siguiente”, se recoge el pelo renegrido y respira profundamente antes de continuar. “Me dijeron que tenía que hacer 150 docenas de pares de medias por día y que me pagarían $350 por quincena. Aunque trabajé doce horas, sólo pude terminar 120 docenas. Eso era esclavitud”, recuerda con desaprobación.
“El edificio tenía un garaje sin ventilación, en el que cuatro hombres tejían las medias. En la planta alta trabajaban un planchador y ocho mujeres. No había matafuegos, ni salidas de emergencia. No nos daban nada de comer y mis compañeros no querían descansar para poder cumplir con el pedido. Me contaron que aceptaban trabajar así porque necesitaban el dinero”, su voz se entrecorta a medida que avanza la historia. “Sentí mucha bronca y dolor por aquellos que siguen trabajando así. Me hizo recordar cuando yo lo viví” .
En ese lugar Simona escuchó nombrar la firma Kosiuko (KSK) y pudo ver las etiquetas originales de la marca. “Yo oí a la mujer que me contrató hablar con otra persona. Le decía que tenía que mandar las medias a KSK, pero no sé a dónde exactamente. También encontré las etiquetas e intenté tomar una, pero tuve miedo de que me descubrieran”. De esta manera, la tarea de espionaje que realizó junto a otros dos talleritas hizo posible las denuncias contra esa marca. Aclara que “fue un sólo día de labor de doce horas, pero me alcanzó para revivir todo lo que ya había pasado. Una vez yo trabajé bajo esas condiciones, y soporté muchas cosas por necesidad y por eso lo entiendo. Pero ahora es distinto, no lo volvería a hacer. Sólo quiero justicia”.
En las palabras de Simona se evidencia que el tiempo trascurrido con sus compañeros en La Alameda y el contacto con personas que le mostraron una alternativa más digna, parecen haber tenido un efecto positivo en su apreciación de la vida. Más allá de mantener la misma humildad, se despertó en ella una conciencia colectiva del problema, que le brindó cierta seguridad y valentía para afrontar su situación y ayudar a sus compatriotas.
El giro en la vida de Simona hizo que su rostro apareciera ilustrando las notas de los diarios sobre el tema. Por primera vez se sintió parte de una historia de la que se enorgullece. Esta sensación se percibe en el compromiso que asumió frente a sus pares. “Ahora me siento acompañada por mis paisanos y acá en La Alameda sé que vale la pena luchar por lo nuestro. Tenemos que defendernos entre nosotros, nadie lo hará”.
Entrevista
Intimidades del mercado de la moda
Ariel Lieutier, Licenciado en Economía, quedó a cargo de la Subsecretaría de Trabajo de la Ciudad de Buenos Aires el 11 de septiembre pasado, tras la renuncia de su antecesor, Alejandro Pereyra. Mientras ordena preparar unos mates amargos, comenta que estaba en una función mucho más tranquila cuando le propusieron la que actualmente ocupa, sumamente conflictiva y cargada de desafíos. Asegura que prefiere el bajo perfil a la exposición mediática, y que sean los resultados y la voluntad de cambiar algunas cosas las que hablen de su gestión.
¿Cuántos talleres como el de Luis Viale funcionan en la ciudad?
No lo sabemos con exactitud, es difícil de calcular porque sus actividades son precisamente clandestinas. La cifra que manejamos se aproxima a 5000.
¿Qué conocen del funcionamiento del sistema?
Hay 3 actores a considerar. En primer lugar, las marcas. No sólo las más grandes y conocidas, también las que venden en el barrio de Once y se mueven en otro mercado. Pero las que más preocupan son las primeras, porque fijan los precios y establecen los parámetros para el resto de la cadena. El segundo actor relevante, es el fasonero, que organiza la producción, funciona como intermediario y realiza una especie de licitación para seleccionar a los talleristas. Constituye un eslabón fundamental, porque si se los identifica, se puede llegar hasta las empresas que los contratan. Por último, los talleristas. La mayoría son bolivianos y, en menor medida, coreanos.
¿Cuáles son las dificultades para establecer las relaciones entre los sectores involucrados en este proceso productivo ilegal?
Demostrar la solidaridad de la marca con el taller, justificar que se trata de trabajo a domicilio encubierto. Esta figura está regulada por ley, que determina salarios convenidos y no pago por prenda, como ocurre en estos casos. Pero las marcas ocultan esta vinculación, argumentando que sólo existe una relación de empresa a empresa, y por lo tanto ellas no son responsables de lo que haga el tallerista. Con esto se ahorran salarios, aportes y responsabilidad sobre las condiciones en las que trabajan los obreros.
Si esto se conoce ¿qué es lo que falla?
El problema de fondo es que ésta es una modalidad relativamente nueva que implica una involución a la década del 40. El cuerpo normativo está pensado para relaciones capitalistas clásicas y ya de por sí resulta difícil perseguir el trabajo en negro. Pero lo que se instaló es una tendencia mundial, que se originó en Singapur -con empresas como Nike- y se ha extendido a otras regiones. Son las nuevas reglas de juego de la economía globalizada frente a las que no estamos preparados para actuar.
¿Entonces qué se puede hacer?
Estamos encarando varias modificaciones que pueden ayudar. En primer término, solicitamos la transferencia de competencias que hoy tiene el Ministerio de Trabajo Nacional. El poder de policía de la Ciudad de Buenos Aires sobre las relaciones laborales que se desarrollan en su territorio es muy acotado. Surge, como otras nuevas funciones, del proceso autonómico que se dio a partir de la Convención Constituyente de 1996. En consonancia con esas atribuciones limitadas, la estructura es absolutamente insuficiente. Tenemos sólo 48 inspectores. Ahora incorporamos 60 más y sigue siendo poco para la enorme actividad económica que tenemos aquí. Otra medida que vamos a tomar es un registro de talleres y de marcas. Esto será muy útil, porque con ello podríamos obligar a las firmas a que declaren sus vinculaciones con aquellos talleres que se hayan blanqueado. Lo que buscamos, de fondo, es que se aplique la figura de trabajo a domicilio prevista por la ley, y que se atengan a salarios de convenio. Eliminar el pago por prenda y el circuito clandestino. También se analizan mecanismos que incluyan el control a diversos actores sociales y ayuden a imponer nuevas reglas de juego a partir de la participación ciudadana.
¿Cómo sería eso?
Incorporando a organizaciones no gubernamentales (ONG) en el monitoreo y trabajando el tema de la responsabilidad empresarial. No es un dato menor que algunas firmas, como Kosiuko, estén preocupadas por el impacto negativo en la imagen que ha tenido la repercusión pública de este tema. Para ello trabajamos con el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) en la implementación de un certificado de trabajo transparente que obligue a las marcas a hacer pública toda su estructura productiva.
¿Es preciso además un cambio en la legislación laboral nacional y local?
No es imprescindible, con lo que tenemos podemos hacer bastante. Nosotros queremos perseguirlos y acorralarlos como en el caso Al Capone, llevarlos a la justicia por delitos e infracciones menores. La transferencia del poder de policía nos ayudaría mucho.
¿Entonces por qué no se hizo ya desde la administración y la justicia nacional? Se trata de una evasión millonaria al fisco.
Es cierto, pero creemos que en la ciudad sí se pueden marcar políticas, tendencias, que en el resto del país es mucho más complejo llevar a cabo.
¿Cuál fue la participación del Gobierno de la Ciudad en el proceso judicial que se inició con el incendio en Luis Viale y por qué renunció el subsecretario anterior?
La renuncia de Pereyra fue oportunista, él aprovechó el momento para irse, porque ya estaba en la picota a causa de cuestiones turbias de su gestión. Cuando asumí, en este despacho había una pila de expedientes de pared a pared sin firmar. El descontrol administrativo era descomunal. No fue el único, el subsecretario anterior renunció a los 15 días. Cuando vio el panorama, se fue recién llegado al cargo. Además, Pereyra estaba ligado al sindicato y pretendía nombrar a los nuevos inspectores con ese criterio. Su denuncia fue mediática, no trabajó casi nada en el expediente de los talleres.
¿Y ustedes?
Nosotros iniciamos una investigación sobre Kosiuko. Hicimos seguir una camioneta y dimos con un local ubicado en Saenz Valiente 95, propiedad de Mercedes Reparás, donde se encontraron etiquetas y remitos de la firma. La denuncia está radicada en el Jusgado Correccional N° 14 de la cuidad. Pero es sólo por obstrucción de información. Simultáneamente, con esos datos, enviamos un expediente a la Procuración del Gobierno de la Ciudad, para que desde ahí se eleve al fuero federal y se agregue a la causa que sigue la Fiscalía Federal Nº 7. Pensamos que con esos elementos se podía involucrar a la marca.
¿La Procuración ya elevó estos datos?
No, hoy me enteré que todavía no lo hizo.
Ariel Lieutier, Licenciado en Economía, quedó a cargo de la Subsecretaría de Trabajo de la Ciudad de Buenos Aires el 11 de septiembre pasado, tras la renuncia de su antecesor, Alejandro Pereyra. Mientras ordena preparar unos mates amargos, comenta que estaba en una función mucho más tranquila cuando le propusieron la que actualmente ocupa, sumamente conflictiva y cargada de desafíos. Asegura que prefiere el bajo perfil a la exposición mediática, y que sean los resultados y la voluntad de cambiar algunas cosas las que hablen de su gestión.
¿Cuántos talleres como el de Luis Viale funcionan en la ciudad?
No lo sabemos con exactitud, es difícil de calcular porque sus actividades son precisamente clandestinas. La cifra que manejamos se aproxima a 5000.
¿Qué conocen del funcionamiento del sistema?
Hay 3 actores a considerar. En primer lugar, las marcas. No sólo las más grandes y conocidas, también las que venden en el barrio de Once y se mueven en otro mercado. Pero las que más preocupan son las primeras, porque fijan los precios y establecen los parámetros para el resto de la cadena. El segundo actor relevante, es el fasonero, que organiza la producción, funciona como intermediario y realiza una especie de licitación para seleccionar a los talleristas. Constituye un eslabón fundamental, porque si se los identifica, se puede llegar hasta las empresas que los contratan. Por último, los talleristas. La mayoría son bolivianos y, en menor medida, coreanos.
¿Cuáles son las dificultades para establecer las relaciones entre los sectores involucrados en este proceso productivo ilegal?
Demostrar la solidaridad de la marca con el taller, justificar que se trata de trabajo a domicilio encubierto. Esta figura está regulada por ley, que determina salarios convenidos y no pago por prenda, como ocurre en estos casos. Pero las marcas ocultan esta vinculación, argumentando que sólo existe una relación de empresa a empresa, y por lo tanto ellas no son responsables de lo que haga el tallerista. Con esto se ahorran salarios, aportes y responsabilidad sobre las condiciones en las que trabajan los obreros.
Si esto se conoce ¿qué es lo que falla?
El problema de fondo es que ésta es una modalidad relativamente nueva que implica una involución a la década del 40. El cuerpo normativo está pensado para relaciones capitalistas clásicas y ya de por sí resulta difícil perseguir el trabajo en negro. Pero lo que se instaló es una tendencia mundial, que se originó en Singapur -con empresas como Nike- y se ha extendido a otras regiones. Son las nuevas reglas de juego de la economía globalizada frente a las que no estamos preparados para actuar.
¿Entonces qué se puede hacer?
Estamos encarando varias modificaciones que pueden ayudar. En primer término, solicitamos la transferencia de competencias que hoy tiene el Ministerio de Trabajo Nacional. El poder de policía de la Ciudad de Buenos Aires sobre las relaciones laborales que se desarrollan en su territorio es muy acotado. Surge, como otras nuevas funciones, del proceso autonómico que se dio a partir de la Convención Constituyente de 1996. En consonancia con esas atribuciones limitadas, la estructura es absolutamente insuficiente. Tenemos sólo 48 inspectores. Ahora incorporamos 60 más y sigue siendo poco para la enorme actividad económica que tenemos aquí. Otra medida que vamos a tomar es un registro de talleres y de marcas. Esto será muy útil, porque con ello podríamos obligar a las firmas a que declaren sus vinculaciones con aquellos talleres que se hayan blanqueado. Lo que buscamos, de fondo, es que se aplique la figura de trabajo a domicilio prevista por la ley, y que se atengan a salarios de convenio. Eliminar el pago por prenda y el circuito clandestino. También se analizan mecanismos que incluyan el control a diversos actores sociales y ayuden a imponer nuevas reglas de juego a partir de la participación ciudadana.
¿Cómo sería eso?
Incorporando a organizaciones no gubernamentales (ONG) en el monitoreo y trabajando el tema de la responsabilidad empresarial. No es un dato menor que algunas firmas, como Kosiuko, estén preocupadas por el impacto negativo en la imagen que ha tenido la repercusión pública de este tema. Para ello trabajamos con el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) en la implementación de un certificado de trabajo transparente que obligue a las marcas a hacer pública toda su estructura productiva.
¿Es preciso además un cambio en la legislación laboral nacional y local?
No es imprescindible, con lo que tenemos podemos hacer bastante. Nosotros queremos perseguirlos y acorralarlos como en el caso Al Capone, llevarlos a la justicia por delitos e infracciones menores. La transferencia del poder de policía nos ayudaría mucho.
¿Entonces por qué no se hizo ya desde la administración y la justicia nacional? Se trata de una evasión millonaria al fisco.
Es cierto, pero creemos que en la ciudad sí se pueden marcar políticas, tendencias, que en el resto del país es mucho más complejo llevar a cabo.
¿Cuál fue la participación del Gobierno de la Ciudad en el proceso judicial que se inició con el incendio en Luis Viale y por qué renunció el subsecretario anterior?
La renuncia de Pereyra fue oportunista, él aprovechó el momento para irse, porque ya estaba en la picota a causa de cuestiones turbias de su gestión. Cuando asumí, en este despacho había una pila de expedientes de pared a pared sin firmar. El descontrol administrativo era descomunal. No fue el único, el subsecretario anterior renunció a los 15 días. Cuando vio el panorama, se fue recién llegado al cargo. Además, Pereyra estaba ligado al sindicato y pretendía nombrar a los nuevos inspectores con ese criterio. Su denuncia fue mediática, no trabajó casi nada en el expediente de los talleres.
¿Y ustedes?
Nosotros iniciamos una investigación sobre Kosiuko. Hicimos seguir una camioneta y dimos con un local ubicado en Saenz Valiente 95, propiedad de Mercedes Reparás, donde se encontraron etiquetas y remitos de la firma. La denuncia está radicada en el Jusgado Correccional N° 14 de la cuidad. Pero es sólo por obstrucción de información. Simultáneamente, con esos datos, enviamos un expediente a la Procuración del Gobierno de la Ciudad, para que desde ahí se eleve al fuero federal y se agregue a la causa que sigue la Fiscalía Federal Nº 7. Pensamos que con esos elementos se podía involucrar a la marca.
¿La Procuración ya elevó estos datos?
No, hoy me enteré que todavía no lo hizo.
Yo, Krishna
Por Florencia Barone, Laura Dal Poggeto, Matías Fridman, Mariana La Menza y Pablo Lalín
Todos los conocen pero muy poco se sabe de ellos. Se los suele ver por las calles de la ciudad predicando su fe, con una simpatía que los caracteriza. Quiénes son los Hare Krishna y qué hay detrás de sus canciones, túnicas y cabezas rapadas.
"¡Ah bueno, empezó el circo!” dice en tono irónico un chico que ronda los veintipico de años a su hijo. "Son unos locos que siempre los encontrás cantando y bailando", responde a la pregunta de quiénes eran esos cinco pelados con colita que, vestidos de túnica naranja, cantaban alegremente sobre la avenida Rivadavia un domingo al mediodía.
Estos hombres que entonan efusivamente "Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare" son, valga la redundancia, integrantes de la Asociación Internacional para la Conciencia Krishna (AICK o ISKCON en sus siglas en inglés), uno de los 2500 cultos registrados oficialmente que conviven en la República Argentina.
Gopal Bhatta, un monje de 23 años que vive en el templo de la calle Andonaegui 2054 en Villa Urquiza, explica que ellos utilizan las salidas a la vía pública para dar a conocer no sólo su estilo de vida –mediante los libros que reparten- sino también para brindar un servicio a toda la comunidad: "Lo que nosotros cantamos es un mantra, una plegaria. Uno le pide a Dios que por favor nos ocupe en su servicio. Salimos a predicar para que todas las personas que caminan junto a nosotros lo sientan, ya que penetra en el corazón y la conciencia y los va limpiando. Esa vibración trascendental superpoderosa purifica a la persona que lo canta como al que lo escucha. Les guste o no, eso es lo que produce y nuestro fin es que todos sientan la gracia de experimentarlo".
La Génesis según Prabhupada
En 1966 un hindú viajó a Estados Unidos con el lema “país nuevo, vida nueva”. Y de paso, fundó su propia religión. Auto-rebautizado como Bhaktivedanta Swami Prabhupada, creó en Nueva York la ISKCON y la lideró hasta su muerte, en 1977, que aún en la actualidad es tema de calurosos debates entre los discípulos que lo sobrevinieron en el cargo: algunos afirman que fue provocada por una diabetes no tratada a tiempo mientras que otros acusan a los sucesores de envenenamiento. Pero en los ’60, mientras otros compatriotas intentaban hacer la América importando especias de sus pagos y estableciendo delis, Prabhupada introdujo otra clase de productos indios al país fundado por un grupo de protestantes que huyeron del viejo mundo para practicar la libertad religiosa. Así adoptó los principios del vaisnavismo, una rama del hinduismo que data del siglo XIX y que toma como deidad única a Krishna, una de las reencarnaciones del dios Vishnu.
En tiempos del flower power y un Occidente post-moderno, post-existencialista y post-nihilista que buscaba por todos lados reencontrarse con el Dios que había permitido dos guerras mundiales y varios genocidios, muchas fueron las cabezas que giraron hacia Oriente y abrazaron sus diversas filosofías. Los Hare Krishna rápidamente se convirtieron en una de las religiones de la “nueva era” favoritas por una gran cantidad de personas, entre ellos celebridades como George Harrison, que incluyó el mantra principal en su mayor éxito como solista, My Sweet Lord.
Krishnas a la criolla
A principios de los ’70 este grupo se instaló en Argentina e inauguró un templo en avenida Corrientes y Ecuador. “Bhaktivedanta Swami Prabhupada inició a más de cinco mil discípulos. Lo más lejos que llegó en Sudamérica fue a Venezuela. Y después, por cuestiones de deber y salud, no pudo viajar más. Pero muchas de las personas que estaban en Venezuela eran argentinas. Y de ahí vinieron para aquí. Bajaron todo por Brasil, Perú, Ecuador, Bolivia, Chile y Buenos Aires finalmente. Mandaron uno de sus discípulos mayores y así fue como se desarrolló el movimiento acá en Argentina, de a poquito”, explica Mahajari Das, presidente del movimiento en el país.
En febrero de 1974 se inscribieron en el Registro Nacional de Cultos, pero la última dictadura militar les revocó el permiso, a través del decreto 18 firmado por el general Jorge Rafael Videla. “Durante esa época, las personas que trataban de practicar la vida espiritual eran perseguidas”. Como muchos otros sectores de la vida cultural que no eran acordes a los valores de la “civilización cristiana occidental” que impuso el gobierno de facto de 1976, los Hare fueron prohibidos. Pero al igual que el resto buscaron otras alternativas. “Un devoto que se llamaba Kayvalia, discípulo de Prabhupāda iniciado en Venezuela, mantuvo el movimiento underground, en secreto, en un sótano de su casa de Olivos durante aproximadamente 9 años, hasta que revocaron el decreto de prohibición en 1981. Cuando nos volvieron a admitir nos mudamos para Villa Urquiza”. Desde entonces, allí funciona la única sede oficial del movimiento en Capital Federal. En el barrio de Flores se encuentra el templo de una rama disidente de la ISKCON, un grupo que se desligó tras las controversias internas que surgieron en la asociación posteriormente a la muerte de Prabhupada.
Ahora, Krishna soy…
El sobrenombre popular de Hare Krishna surgió de la repetición constante de estas dos palabras en su rezo principal, el Maha-Mantra, una invocación a la conciencia de Dios.
Hare es el llamado per sé. “Uno dice: ‘Hola Krishna, ven a mí’. Es como tener una línea directa al celular de Dios”, asocia el monje Mahajan Das.
Por otro lado, Mahajari Das explica que “Krishna es un nombre sánscrito, denota la cualidad más innata de Dios que es ser supremamente atractivo. Por ejemplo, para la religión católica se llama Jehová, el elevado; la religión musulmana le dice Alá, el todopoderoso; la religión budista le dice Buda, que es el supremamente inteligente. Todos hablamos de la misma persona. Para nosotros es ‘el más bello’”.
Al contrario de las religiones más asentadas en la cultura occidental, los devotos del vaisnavismo tienen la particularidad de ser -en su gran mayoría- conversos, ya que fueron criados en la tradición judeo-cristiana.
Mahajan Das nació Martín, pero afirma que “no quiero volver a ser llamado por ese nombre, corresponde a un hombre que estaba alejado de Dios”. Para encontrarse con él, tuvo que recorrer el mundo a bordo de un buque mercante, haciendo puerto en los cinco continentes, donde probó un poco de todo y de todos. La travesía concluyó con su iniciación a la Conciencia Krishna en un templo de Nueva Zelanda. Una vez devuelto a Buenos Aires, pasó a formar parte del staff permanente de monjes del templo, donde desde entonces se dedica a llevar adelante los trámites administrativos de la organización y la prédica espiritual en las reuniones dominicales y los canales de TV por cable por partes iguales.
Como el resto de los monjes, Mahajan Das vive en el centro de la asociación. Allí desarrolla sus actividades diarias, que se inician antes del alba con una serie de repeticiones del Maha-Mantra, intercalada con sesiones de reflexión, bhakti yoga y programas de baile. Todo esto antes del desayuno. Después cada uno se dedica a su ocupación asignada, según las habilidades previamente adquiridas. La diferencia es que cada una de sus tareas, medien rezos o no, son realizadas en conciencia de que el fin último de éstas es servir a Krishna. A la hora del té, repiten la rutina de canto y danzas. La jornada culmina con una temprana cena según los parámetros de la dieta regida por la prohibición del consumo de cualquier producto de origen animal. “Nosotros no comemos carne para no matar, Krishna no lo acepta”, explica el monje Gopal Bhatta. “Al ingerir una manzana también estás infringiendo sufrimiento, la arrancas del árbol. Esa acción genera una reacción, el karma. Como todos esos alimentos poseen el karma yo se lo ofrezco a Krishna y él nos libera. Lo ponemos delante del altar, cantamos un mantra y esperamos un ratito a que Él coma de manera simbólica y para que se transforme en alimento sin karma, comida espiritual, misericordia, lo que Krishna dejó”.
Nacido en Uruguay, Gopal Bhatta se acercó al movimiento a los dieciocho, cuando al terminar el colegio secundario se tomó un año sabático. “Me quedaba en la cama mirando tele hasta la una de la tarde. Después me vine a vivir a la Argentina. Ya conocía y me había gustado la idea de experimentar algo nuevo. Antes era un lío, tenía todo desordenado, no era muy asiduo a ducharme todos los días. Conocí a los Hare y desde que empecé con ellos mis papás vieron que cambié mi rutina. Ahora soy ordenado, me baño, cocino, hago las compras, leo, dejé de decir malas palabras. Mi papá me pidió que no deje de ser Hare Krishna”.
En esta doctrina hay cuatro principios o sadhanas de purificación para elevarse espiritualmente, que Gopal Bhatta recita de memoria sin dudar: “Ser misericordiosos, veraces, austeros y limpios. Para desenvolver esos fundamentos se siguen cuatro prácticas: no comer carne, pescados ni huevos; no intoxicarnos; no jugar juegos de azar; y no tener relaciones sexuales por fuera del matrimonio”.
El fundamento que yace debajo de estas normas es el Dharma o “deber ser”, principio regulador de todas las religiones derivadas del hinduismo. Paradójicamente, su equivalente occidental no es otro que la ley newtoniana de acción y reacción. A cualquier acción realizada fuera de los parámetros del Dharma, le corresponde una reacción o karma.
¿Secta o no?
Si tomamos el diccionario Moliner -antiguo clásico del niño ilustrado- y buscamos la palabra “secta”, encontraremos la siguiente definición: “Doctrina religiosa (y sus adeptos), que se aparta de la tradicional u oficial”. En este caso, según la Constitución Nacional, en nuestro país los devotos de cualquier práctica religiosa que no sea la impartida por la Iglesia Católica Apostólica Romana, son miembros de una secta. Visto desde la jerga técnico-legal, los judíos, los musulmanes y hasta los umbanda caen en la misma bolsa. Todos figuran en el Registro Nacional de Cultos como asociaciones civiles sin fines de lucro, según explica Mahajari Das. “Nosotros asistimos el año pasado a 20 reuniones en el Ministerio de Relaciones Exteriores y en la Secretaría de Culto con otras 300 instituciones para debatir el proyecto de reforma de ley y lograr que todas las religiones sean reconocidas como iguales. No es que vamos a cambiar la Constitución Nacional, pero queremos tener los mismos derechos de libertad de expresión y ser reconocidos como una entidad de bien público”.
Aunque no pretenden el subsidio de 33 millones de pesos anuales que el Gobierno le otorga a la Iglesia Católica, podrían contar con exenciones en el pago de servicios como el agua corriente y la electricidad, que quedarían a cargo del Estado. “Eso daría una mejor calidad de vida a todas las religiones. Nosotros, por ejemplo, nos tenemos que estrangular haciendo comercio para poder mantener nuestro propio lugar”. Sin embargo, la cuestión que subyace al planteo de Mahajari Das y compañía, es la igualdad de estatus para todos los cultos existentes en el país.
Con el correr de los años, la palabra secta adquirió una impronta negativa en la sociedad, cuando denuncias sobre suicidios masivos, rituales con sacrificios de animales, y abusos de menores inundaron las páginas policiales de los periódicos alrededor del mundo.
Según Alfredo Silletta, periodista que publicó Sectas, cuando el paraíso es un infierno, los Hare Krishna recaen en esta categoría. “Digamos que no sólo yo los considero así, fue una resolución unánime de parlamentos europeos del ‘84 en adelante, en España, Francia, Bélgica y Austria si mal no recuerdo. No comparto la línea de utilizar la palabra secta en forma peyorativa, pero es complicado porque en el mundo no se ponen de acuerdo los lingüistas, los sociólogos y los psicólogos sobre qué terminología utilizar”. Sin embargo, Silletta considera que “los Krishna son un grupo muy peligroso y sin lugar a dudas reflejan claramente los procesos de reforma del pensamiento que convierten al adepto en un verdadero esclavo del grupo”.
Al respecto, Mahajari Das cree que el malentendido surge porque “muchos sectores de la sociedad tienen algún prejuicio por la falta de conocimiento, de información. Creo que eso se puede solucionar hablando y comunicando bien lo que somos. No sólo con el movimiento Hare Krishna, sino con otras religiones también”. Sobre su relación con representantes de otros credos, ejemplifica: “El otro día estuve en el ‘rompe ayuno’ de Ramadán de los musulmanes, que a su vez, para hacerlo, le habían alquilado a los judíos la sinagoga. Fue una cosa de inter-fe total. Siempre nos invitan”.
“Hay de todo: están los que les caemos bien y nos ayudan y los que piensan que estamos chiflados porque salimos vestidos de naranja a bailar por la calle”, relativiza Gopal Bhatta. “Pero cuando nos conocen realmente, ven que somos personas dentro de todo ‘normales’. No somos locos, pero sí hay que tener una mentalidad diferente: no todos quisieran vivir en un lugar sin televisión, sin ir a bailar a la noche, sin fumar, sin intoxicarse. Hay que tener una percepción diferente a la común”.
Entrevista a Mahajari Das, presidente de la Asociación Hare Krishna en Argentina
“Encontré el cien por ciento de las respuestas que estaba buscando”
¿Cuándo se inició en la sabiduría Hare Krishna?
Hace 4 años estaba buscando dibujos de la India para hacerme un tatuaje –que luego nunca tuve- y encontré un libro de Prabhupāda que tenía imágenes. Lo leí y me interesó; era muy profundo. Yo estaba buscando algo diferente. En ese momento estudiaba electricidad industrial, hacía música y trabajaba de maestro pastelero.
¿Practicaba alguna religión?
Soy católico por tradición, pero nunca había practicado la vida espiritual. Es más, estaba bastante fuera de control: consumía muchas drogas, intoxicantes, llevaba una vida bastante loca y muy fuerte. Era músico y andaba todo el tiempo con el rock and roll y con los pelos parados. Esa intensidad del trabajo, del estudio y el descontrol hace tocar fondo a los jóvenes. Hay muchas decepciones y preocupaciones, te pegás muchos palos y la vida te lleva a hacerte muchas preguntas, como por ejemplo: “¿Qué estoy haciendo con mi tiempo?”. Prabhupada me dio el cien por ciento de las respuestas que estaba buscando.
¿Y qué dijo su familia cuando se adhirió al movimiento?
Ellos y mis amigos siempre aprobaron todo lo que hice, nunca se opusieron.
¿Cómo es su vida actual?
Ahora estoy casado, tengo un bebé y soy el presidente del movimiento en Argentina. Estoy encargado del proyecto de la mudanza del templo a Palermo, en Jorge Newbery y Ciudad de La Paz, porque este lugar ya nos queda muy chico. El nuevo edificio tiene dos mil metros cuadrados de superficie.
¿Qué significa ser presidente del movimiento?
Es un cargo administrativo y legal. El Movimiento Internacional para la Conciencia de Krishna está registrado como una asociación civil sin fines de lucro y yo soy su presidente. Es por una cuestión normativa dentro de Argentina, porque no existe una cosa como la “personería jurídica religiosa”. La Iglesia Católica es la única reconocida como religión ‘oficial’.
¿Cuántos integrantes del movimiento hay en Argentina y en el mundo?
En Argentina somos aproximadamente tres mil personas practicantes. Y en el mundo tenés, del movimiento de ISKCON -que la rama y escuela a la que pertenecemos-, alrededor de unos diez millones de adeptos. En la India, Vaisnavas, que son los de nuestra religión, hay unos quinientos millones.
¿Cuál es el papel de la mujer dentro de los Hare Krishna?
Es la llave principal para la próxima generación de devotos. Si no hubiera madres, no continuaríamos en el tiempo. La mujer es muy importante en la conciencia de Krishna por varios motivos: uno de ellos es la familia, que es la clave de toda sociedad. No hay ninguna ciudad en la que todos sean monjes, sino estaríamos en extinción. Los devotos tratamos de proteger a la mujer lo más que podemos a través de la castidad, enseñándole el contexto espiritual, para que ellas no se dejen explotar materialmente. Por eso se ve que visten polleras, ropas holgadas y usan el pelo recogido. Todo eso lo hacen para que las personas no las tomen meramente como objetos sexuales, porque las mujeres sufren mucho por eso. Es, creo, en varios aspectos, incluso más importante que el hombre, sobre todo por la tarea de preservar la sociedad. El modelo de la matriz familiar es esencial para seguir adelante otras generaciones de personas que practican una vida espiritual constantemente.
¿La sociedad argentina los rechaza?
No, para nada. El Gobierno de la Ciudad nos sponsorea todos los años. Tenemos una muy buena relación con todas las religiones, cuyos representantes están continuamente por acá. Las autoridades siempre nos invitan a presenciar y ser parte de los festejos de los feriados nacionales. En el pasado tal vez había un poco más de rechazo, porque la gente era más cerrada, no estaba predispuesta al cambio, a ver cosas nuevas. Pero hoy en día la gente se está abocando más a la espiritualidad, incluso dentro de su propia religión.
En el Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires están categorizados como “secta”. ¿Qué opina al respecto?
Nunca nos vinieron a molestar, ni a echarnos.
¿Cómo cree que lo ve la gente por la calle?
Yo me visto como el resto. Cuando recibía mi entrenamiento usaba túnicas como los monjes. Me iba todos los santos días a Cabildo y Juramento a distribuir libros. Tenía prácticamente millones de amigos en esa esquina. Incluso me encontraba con personas que estaban a punto de iniciarse, de tener su maestro espiritual. Me he quedado horas hablando con la gente en la calle. Las personas a nivel global, no están abocadas a practicar diariamente una o su religión. Son pocos los que tienen una chispita que hace que quieran saber un poco más sobre lo espiritual y desarrollar un poco la devoción. Creo que si fuéramos mayoría, no habría tantos problemas.
Nota color
Un domingo cualquiera
Es un domingo de primavera, ya pasó un cuarto de hora de las 17 y desde el Centro Bhaktivedanta brotan las melodías que retumban en el resto de los edificios de la cuadra. El templo se encuentra en el área residencial de Villa Urquiza, a metros de un afrancesado boulevard de calles empedradas.
La arboleda de la zona se cuela por el ventanal del salón donde se oficia la ceremonia. El único código de vestimenta para acceder a ella es descalzarse. Por lo demás, señoras paquetas de brushings y manicuras impecables, señoras no tan arregladas de jogging, chicos de remeras negras y cinturones con tachas conviven con túnicas y saris multicolores mezclados con los rojos, amarillos y violetas de la decoración. Sentados bajo el marco, como si fueran un adorno más de la escenografía, se encuentra la banda de monjes, vestidos de riguroso naranja, cada uno encargado de un instrumento musical.
Los fieles van llegando de a grupos a la sala, y todos realizan el mismo ritual: se inclinan sobre sus rodillas, besan el suelo y se incorporan mirando hacia la estatua de Swami Prabhupada. Más allá del saludo y las ropas holgadas, se puede distinguir a quienes se denominan devotos de los que vienen en su primer visita, porque se sientan directamente sobre los almohadoncitos esparcidos por el piso de madera, sin temor a acercarse a los monjes. Por el contrario, los “vírgenes” al entrar caen presos del desconcierto que invade a todo el que intenta algo nuevo por vez primera y se quedan parados al lado de la puerta. Buscan desesperadamente con la mirada hacia donde enfilar, evalúan cuánta gente en el piso van a tener que esquivar para poder situarse en algún lado por las próximas dos horas.
Entonces va a su rescate un hombre vestido de traje, con aspecto de haber salido de un casting para Mi hermosa lavandería de Stephen Frears. “¿Cuántos son?” pregunta con espeso acento a los recién llegados, y haciendo las veces de “acomodador” los reparte por las sillas de plástico que quedan libres.
Mahajan Das oficia el programa inicial de la celebración que va a tener lugar en el transcurso de la tarde. Pregunta quiénes están en el templo por primera vez. De las dos docenas de personas allí presentes, diez levantan las manos tímidamente, entre ellas Eugenia de Chicoff, escondida tras unos anteojos de sol y una boina roja.
El monje invita a los concurrentes a recitar con él el Maha-Mantra al ritmo de los sonidos que se desprenden espontánea pero coordinadamente de los instrumentos a cargo de la banda compuesta por los religiosos. En el primer intento, el coro improvisado repite las líneas cada uno a su tiempo. Poco a poco las voces se van amalgamando y llegan a algo cercano a una sincronía. La música va in crescendo; el volumen de los cantos también, a medida que la gente se siente más cómoda al pronunciar las palabras en sánscrito.
“¿Vieron qué fácil? ¿Y que no les pasó nada por cantar esta oración junto a nosotros? A nadie se le cayó el pelo de repente ni tienen ganas de ponerse túnicas, ¿no?” pregunta entusiasmado Mahajan Das, victorioso ante la casi decente primera actuación de su nuevo grupo coral. Pasa a explicar elocuentemente sobre los principios de la religión a modo de “Hare Krishna para principiantes”. El discurso es didáctico, pero siempre en un tono entretenido que despertaría envidia en cualquier showman. Está acostumbrado a hablar en público: como el resto de los integrantes más importantes del movimiento, da varias entrevistas a la semana; y en su caso particular participa como panelista en el programa Creencias de la señal de cable Infinito.
Para la segunda ronda de cantos, novatos y seguidores de larga data están igualmente sueltos. Mucho movimiento de piecito al ritmo de la música, mucho alzamiento de brazos acompañando, hombros que se relajan y sacuden a la par de las cabezas. “¡Hare Krishna!” finalizan todos en clamor unificado de voces.
Pasado el fervor, sigue el turno de Gopal Bhatta, que preparó una charla especial para la fecha. Algunos se levantan y retiran de la sala. Los restantes escuchan atentos la conferencia. A los que les pica el hambre de la hora del té, se encuentran con la opción de ir a degustar algunas de las delicias vegetarianas del barcito del convento. “Es el único restaurante Hare Krishna oficial de la ciudad”, asegura el presidente del movimiento, mientras prueba cómo quedaron unas bolitas sobre la base de frutilla, coco y leche de soja. El local es a su vez una de las principales fuentes de ingreso para mantener el centro.
Todos regresan al salón para la siguiente etapa de la reunión. “Nunca vieron algo como lo que está por suceder”, había prometido Mahajan Das poco antes. Las sillas ya fueron corridas, dejando el espacio a plena disposición de los fieles, que se paran mirando en dirección a un retrato de Prabhupada. Los cánticos reanudan acompañados de los cuerpos que se balancean a la par de los sonidos de la banda deambulante armada por los monjes. Una mujer de sari que bordea los sesenta años se abre paso entre la muchedumbre sosteniendo un candelero portátil que insta a los presentes a pasar su mano por la estela de humo aromático que emana el incienso ahí prendido.
Pero el trance-Krishna colectivo dura poco. Rápidamente se organiza una columna de hombres danzantes que dividen la marea humana en dos, a riesgo de que alguno termine recostado sobre la falda de la escultura del Prabhupāda sentado, envuelto en sus guirnaldas. La música salta a ritmos cada vez más movidos que recorren una estela tan variada que el oído hasta permite reconocer un Krishna cuarteto perdido por ahí. Hombres por un lado, mujeres por el otro, en clave espiritual de baile de séptimo grado que sigue el dictamen de las nenas con las nenas, los nenes con los nenes”.
El Maha-Mantra se canta en estado de exaltación, se salta, se arman coreografías, se agarra a algún que otro desprevenido para sumarse al puente humano de parejitas que circulan ad infinitum, como los de los carnavales cariocas de los cumpleaños. No hay pomos de espuma, pero abundan los pétalos de flores que llueven por doquier, y que los infantes presentes no pueden resistirse a la tentación de levantar del piso.
Afuera anochece, pero nadie parece tener intención alguna de parar la fiesta. Después de todo, estamos hablando de la gente que, afirma, siguió bailando largo rato después que los últimos adolescentes que festejaban el Día de la Primavera cayeran rendidos por el cansancio en Plaza Francia.
