octubre 04, 2006


Con ustedes...

Aquí está, ésta es la primera selección de entrevistas realizadas por los compañeros de la comisión que publicamos en el blog.

Eugenia De Chicoff
“Soy el protocolo y ceremonial caminante”
Por Florencia Barone

Conocida como la dama que enseña los modales y las buenas costumbres por televisión, tiene un carisma, una humildad y una presencia encantadora. En esta entrevista asegura que ha logrado el éxito y el amor de su público y sus alumnos haciendo eso que tanto disfruta: educar a todos para que puedan crecer y llegar a ser “personas”.

Es una persona muy reconocida en todo el medio, pero sin embargo se conoce muy poco de usted.
Lo más importante en una mujer es saber manejar el misterio. Si despilfarra todo lo que es, es una persona del montón y no llama la atención de nadie. Si es reservada y tiene un temperamento espiritual profundo, no está atada a hacer un striptease psicológico de la personalidad. Yo sólo soy una persona humilde que tiene una misión en la vida: enseñar y dar lo máximo de lo poco que sé. Eso es en síntesis Eugenia de Chicoff.
¿Qué fue lo que enseñó a lo largo de su vida?
¡Qué es lo que no he enseñado hay que preguntar! Esgrima, judo, karate, danza clásica, filosofía, idioma: se francés, alemán, inglés, hablo y escribo chino… Terminé haciendo protocolo y ceremonial porque era la profesión de mi padre.
¿Qué es el protocolo y ceremonial?
Es un arte, un pasaporte maravilloso para lograr grandes éxitos en la vida, porque cuanto más educada es una persona más éxito tiene ya que la educación abre puertas y evita hacer papelones. Siempre se tiene que saber como actuar, lo que se debe decir y lo que no se puede decir, lo que hay que saber callar. Eso es lo que yo enseño: a ser una persona.
¿Cuando decidió dedicarse a la profesión de su padre?
A mis 36 años él me dice “basta de Kung Fú, tienes que hacer exactamente lo que yo hago porque necesito que me reemplaces”. Y de un día para el otro hice esta materia que nunca estudié, que he mamado en la casa de mi abuela, de la institutriz, de las monjas, de mamá, de papá, de toda esa orquestación familiar que hizo todo lo que soy. Soy el protocolo y ceremonial caminante, soy así. No me puedo equivocar en nada porque lo he mamado como un niño chupa la leche de una mamadera. De la más tierna edad me incrustaron lo poco que sé.
¿Cómo es eso de que enseña a “ser una persona”?
Nadie sabe ser una persona. Primeramente tienen que comprender que no hay gente superior ni inferior en el planeta tierra. Desde la reina de Inglaterra hasta el último linyera, no hay ninguna diferencia entre uno y otro. ¿Sabe por qué? Porque para Dios no hay ninguna diferencia ¿Quién hace la diferencia? el hombre. Pero la persona que es educada e instruida puede ser reina o rey y eso depende únicamente de uno mismo. Aprender y aprender, leer y leer. Uno es el resultado de sus lecturas, de sus viajes, de sus meditaciones, de su silencio. Todo eso forma la personalidad de un individuo, de una persona.
¿Qué es lo que más la nutrió a lo largo de su vida?
Conocer al otro como a mí misma. Fueron los viajes los que me lo permitieron porque ¿cómo puede un hombre conocer al otro si no ha traspasado las fronteras? Para saber quien soy hay que ir a la raíz de este pueblo, por eso conocí a los Tobas, a todos lo indios porque papá quería que yo tome contacto con lo nuestro. A los 23 años me obligo a viajar a la usanza de mis abuelos -ellos lo hicieron en troika por Rusia- durante dos años por toda la Argentina. Pueblito por pueblito, para conocer mi terruño, siguiendo la costumbre de mis antepasados: no con un profesor sino en un coche. Yo nací en este país pero fui educada en Europa. A los 21 me vine para aquí definitivamente pero siempre estuve viajando. Soy una porteña aclimatada a vuestras costumbres. Tomo mate, tengo un estómago criollo: mis comidas favoritas son las del lugar en el que he nacido.
¿Cómo cual?
Las empanadas. De carne, de pollo y de choclo ¡No de lata, eh! Porque le voy a decir una cosa: nunca haga empanadas de choclo de lata si quiere llegar a 100 años, como es el proyecto de Eugenia…
- Igual falta mucho para eso.
(risas) Falta, pero el tiempo pasa. Yo por lo menos quiero llegar a los 100 años. Si puedo traspasar ese muro, voy a estar más feliz porque todavía tengo mucho para enseñar. Por eso, nunca use conservas si quiere llegar a esa edad.
Entre todas las cosas que hizo también trabajo en televisión ¿Qué rescata de esa experiencia?
Me ayudó a ser popular. Trabajé con muchas personas pero principalmente le agradezco a Antonio Gasalla, que es un genio; a Julián Weich, un amoroso, y a Chiche Gelblum, que es uno de los mejores periodistas que tenemos.
¿Le parece?
Para mí, los mejores periodistas son Nelson Castro y Mariano Grondona, porque son dos seres infinitamente cultos y preparados. Pero a nivel personal, el que penetra en el corazón de cualquier persona es Chiche, porque tiene un lenguaje popular que la juventud admira. Puntualmente lo recuerdo a él, a Gasalla y a Julián. Les debo mi eterno agradecimiento porque ellos me ayudaron a ser populares. Camino por la calle y la gente me llena de besos. Me abrazan, me aman, me aman. Ellos me dieron el amor de un pueblo.
¿Cómo es su relación con sus alumnos y con su público?
Muy buena. Amo a mis alumnos y ellos también; me gusta que me quieran. Yo busco entrar en el corazón de todos porque de esa manera no hay diferencias sociales: ellas nacen de la falta de educación. A medida que una persona es educada, usted tiene las puertas abiertas para todo y quiero que todos mis congéneres también las tengan. Yo quiero estar en el corazón del público. Esa fue mi meta, mi ideal y lo he logrado.
¿De qué forma logró cumplir con sus metas e ideales?
Para triunfar hay que seguir el movimiento del agua, nunca ir en contra. Ella siempre nos lleva a buen puerto. Las cosas se transforman por sí mismas si usted tiene una estructura severa con sus enseñanzas. Tener un ideal. Fe. Plantearse metas y cumplirlas. La vida es una escalera que tiene muchos peldaños. La cima es el éxito y no cae del cielo, pero tampoco le esta negado a ninguno: es el trabajo rudo y exigente de uno mismo a través de todos los días de la vida. Así se llega al final de la carrera habiendo logrado todos los ideales. Eso yo lo enseño porque lo he logrado, y si yo pude, usted también puede, no soy un extraterrestre. Pero todavía hay muchas necesidades, muchas cosas por hacer y por enseñar.

Espejo roto
Por Analía González Bravo

Su mente es terreno de combate, ella pelea contra sí misma. A veces gana, a veces pierde. Laura Nocera tiene 23 años y, como si hubiese roto un espejo, hace siete que lleva en su cuerpo un trastorno de la conducta alimentaria: Binge Eating Disorder (BED), que en castellano significa desorden compulsivo de la alimentación, un primo cercano de la bulimia y la anorexia.

¿Cuándo comenzaste a sufrir esta enfermedad?
Aunque parezca mentira, el detonante fue una pelea con un amigo que me puso muy triste. Tenía 16 años y luego de la discusión con este chico empecé a restringirme. No comía, a mi mamá le decía que lo hacía en el colegio y a mis amigas que comía en casa. Desayunaba un paquete de galletitas dulces y así creía que evitaba desmayarme en la escuela. Pasaba todo el día sin probar bocado, mascando chicle. Cenaba con mi familia. Me veía gorda y me prohibía comer.
¿Eras anoréxica?
No, porque había momentos en los que no me aguantaba y me comía todo. Tenía atracones y luego trataba de equilibrar el desliz comiendo menos. Eso es el BED, periodos en los que te matás con la dieta y otros donde comés hasta reventar. Hubo una época en que llegué a pesar 45 kilos y otra en la que engordé hasta 63. Mi peso ideal es de 52. Estos vaivenes son constantes, ya ni me acuerdo cuántas veces subí y bajé.
¿Cómo es un atracón?
Sucede en secreto. Cuando estás sola, sin que nadie te vea. Comés en poco tiempo una cantidad enorme de comida. Una docena de facturas en diez minutos. Veinte barritas de cereal en quince. Una torta en veinte. Así como te lo digo. Me da un poco de vergüenza contarlo pero pasaba así. Parecía una loca, abría todas las alacenas de mi casa buscando algo para comer. Muchas veces terminaba comiendo azúcar a cucharadas. En los atracones prefería las cosas dulces, pero si no había agarraba lo primero que se me cruzaba.
¿Después vomitabas?
No, eso es lo hace una chica con bulimia. Yo nunca me purgué, ni vómitos ni laxantes. Por eso engordaba. Después del atracón me sentía muy mal, me deprimía, me tiraba en la cama y no paraba de llorar. Al día siguiente trataba de volver a la dieta. Si no lo lograba, volvía a tener atracones y ahí me desbocaba. No paraba de comer, ni de engordar.
¿Por qué te dabas un atracón?
Siempre encontraba una razón. Se pinchaba una salida con mis amigas y comía. Me sacaba una nota que consideraba baja en la facultad, un nueve por ejemplo, y comía. Si me veía flaca, también me daba un atracón porque igualmente me sentía infeliz conmigo. El atracón era un castigo.
¿Y por qué te “castigabas”?
Estaba totalmente disconforme conmigo misma. Había momentos en los que me odiaba. Me veía horrible, deformada, fea, pero en el fondo esas sensaciones no eran con mi cuerpo solamente, sino con mi personalidad. De otra forma no se explica, porque cuando llegaba a estar flaquísima igualmente encontraba motivos para castigarme.
Hablás en pasado ¿esto ya no te sucede más?
Hace casi dos años que no tengo un atracón. Estoy más relajada con la comida, no tengo miedo a engordar y aprendí a manejar las cosas que me pasan como una persona normal: poniéndome de mal humor, llorando y gritando, pero no descargando la bronca comiendo desaforadamente.
¿Cuándo dijiste “basta”?
Lamentablemente, siempre fui bastante consciente de lo que me pasaba. Sabía que tenía un problema con la comida. Pero me di cuenta de que no podía seguir viviendo de esta manera en mi primer año de facultad. En un mes engordé casi diez kilos y me costaba horrores ir a las clases y estudiar. Le dije a mi mamá que quería ir a la clínica de Cormillot, pero no para adelgazar sino para entrar en un programa de trastornos alimenticios. Por suerte ahí tenían este tipo de tratamiento. Hace cuatro años que voy, tengo consultas con una médica, una nutricionista y una psicóloga.
¿Estás curada?
Creo que este tipo de enfermedad la llevás toda la vida. Está siempre ahí, latente. Es como los alcohólicos, que tienen que tener cuidado constantemente de no pisar el palito. Con esto es igual. Tengo que estar atenta a no ponerme muy restrictiva con la comida. Todavía no tengo el alta en la clínica, pero las consultas son más espaciadas.
¿Cómo reaccionabas al ver chicas flacas en los medios?
Cuando estaba en la peor etapa veía a las modelos y quería estar así de delgada. Pero con este tipo de enfermedades, aunque una esté más flaca que la modelo no te das cuenta, porque cuando te mirás al espejo te ves deformada y más gorda. El problema para mí está en cómo se mira y no en lo que se mira.
¿El mensaje que trasmiten provocó que te enfermaras?
Vamos por partes. Yo tengo el tipo de personalidad proclive a esta clase de enfermedades: soy perfeccionista, estricta, estructurada. Me ataqué con el cuerpo, pero podría haber desarrollado una adicción a las drogas, por ejemplo. Las circunstancias hicieron que eligiera castigarme con la comida. Lo que ves en la tele te afecta pero no creo que te enferme. Que en la pantalla pongan modelos hiper flacas no te lleva a tener un trastorno de la alimentación. No es la causa principal, es sólo un factor que colabora. Por Julieta Prandi no te volvés anoréxica. Eso para mí lo dice la gente que no entiende nada del tema, esos que creen que son enfermedades de chicas superficiales y tontas. Pero, al contrario, los trastornos de la alimentación se dan en “las chicas abanderadas”. El mensaje de los medios influye, pero no te enferma.

Abuelas
Por Pablo Lalín

Rosa T. de Roisinblit es vicepresidenta de la Asociación de Abuelas de Plaza de Mayo. Ingresó a la organización en 1977 por motivo de la desaparición de su hija embarazada de ocho meses. En el 2000, luego de largos años de búsqueda, pudo encontrar a su nieto.

¿Cómo nació Abuelas de Plaza de Mayo?
Cuando un grupo de madres – hoy abuelas – se dan cuenta que además de sus hijos, estaban perdiendo también a sus nietos. Porque lo que menos se imaginaban era que a las criaturas nacidas en cautiverio no se las iban a entregar.
¿A partir de ese momento comienza la búsqueda en grupo?
Sí. Cada una de las abuelas nos fuimos encontrando en los hospicios, en los orfanatos, en las casas cunas, en los juzgados de menores y fuimos conociéndonos unas a otras. Llegó un momento que, por aquello de que “la unión hace la fuerza”, decidimos presentarnos ante la justicia.
¿Cuándo fue esa presentación?
Fue el 22 de octubre de 1977. Eran doce mujeres que se presentaron ante la justicia con un solo documento firmado por ellas. Por eso nosotras, nuestra institución, toma como punto fundacional esa fecha.
¿Cómo se unió a Abuelas de Plaza de Mayo?
Cuando se llevaron a mi hija que estaba embarazada de 8 meses yo estaba tan sola, tan confundida. Lo único que quería era encontrar a mi hija que iba a tener familia… y no pasó nada. Finalmente empecé a averiguar. Si me hubiese quedado en casa a llorar estaría muerta. Me fortaleció el hecho de salir directamente a la lucha. Estando en dictadura yo me presenté ante la justicia reclamando por la privación ilegal de la libertad de mi hija.
¿No temió por su seguridad?
No me di cuenta del riesgo que corría, porque al luchar de esa manera tranquilamente podría haber desaparecido. En lo único que pensé era en encontrar a mi hija antes que se produjera el parto. Pero no la encontré y el parto se produjo en la ESMA.
¿Cómo lo supo?
Me enteré en 1981 por intermedio de unas mujeres liberadas de la ESMA que estaban viviendo en Suiza. Viajé inmediatamente, me entrevisté con ellas y me dieron muchos detalles. Sabían que el bebé era un varón, que mi hija le había puesto el nombre Rodolfo, en fin, una serie de cosas que me dieron esperanzas. Pensé: “Si yo puedo demostrar que mi nieto nació en la ESMA, no pueden decirme que no saben dónde está mi hija”.
¿Entonces comenzó a buscar también a su nieto?
Como mi hija no aparecía y el nieto sí estaba ahí, podía ir a buscarlo. A partir de ese momento yo buscaba a mi nieto, sin dejar de reclamar por mi hija hasta el día de hoy.
Aún después de 6 años de haber encontrado a mi nieto yo reclamo al Estado argentino por mi hija. Debe responderme quién se la llevó, por qué lo hicieron, quién la juzgó y condenó y dónde está. Sobre todo ahora, hago hincapié en ello porque desde que se declararon inconstitucionales las leyes de Punto Final y Obediencia Debida todo aquel que robó, violó, torturó, asesinó tiene que responder por sus delitos.
¿La nulidad de los indultos también ayudó?
Seguramente. Eso va a completar el inicio de una querella porque podrán ser juzgados también aquellos que dieron las órdenes, la cúpula de la dictadura es la que debe responder.
¿Qué sucedió con su nieto?
Hace seis años que lo encontré y para mí no fue fácil buscarlo. Fue en el 2000 y por una denuncia telefónica anónima que se hizo acá, por la que dieron todos los datos que indicaban que tenía que ser mi caso. La lucha ha sido terrible: primero él estuvo muy contento, pero cuando la justicia citó a los apropiadores, los indagó, procesó y condenó por los delitos de sustitución de identidad y el robo de un niño; todo cambió. Como él se siente en deuda con esa gente que lo crió, se enojó conmigo porque le rompí todas sus estructuras. Empezó a rechazarme, condenarme, repudiarme. Y yo lo comprendía, si el no conoció otra mamá. Porque apenas nació se lo llevaron. Se siente obligado con ella. Seguramente le pasa la factura. Lo que seguramente no le dice es que si mamá y papá verdaderos vivieran lo hubieran criado y cuidado con mucho más amor. Porque no hay ningún amor que esté basado en la mentira y en el ocultamiento.
¿Cómo está hoy la relación con su nieto?
Como hace tanto tiempo que estoy acá, la experiencia de 69 localizaciones anteriores me enseñó a esperar, a tolerar. Y hoy puedo decir que después de 6 años la relación con mi nieto es buena. Pero no fue fácil para ninguno de los dos.
¿Cuál es el balance que hace después de 29 años de lucha?
Estamos muy conformes porque hemos abierto caminos en lo psicológico, genético, jurídico; no solamente para nuestro caso, sino para las generaciones venideras. No sólo argentinas, también para todo el cono sur que sufrió dictaduras sangrientas.
Somos de los pocos organismos que obtenemos logros, porque algunos de nuestros nietos aparecieron con vida. En cambio, aquellos que buscan a los papás es muy difícil que puedan encontrar a alguno con vida después de tantos años. Cada vez que encontramos un nieto nos damos cuenta que nuestra lucha no ha sido en vano, al igual que cuando la sociedad nacional e internacional reconoce, acepta y comprende que nuestro pedido es muy lógico y cercano a nuestro corazón. Los pocos que llevamos la voz al exterior fuimos apoyados, tuvimos la solidaridad del mundo entero, de Amnistía Internacional que nos ayudó muchísimo como tantos otros. Tenemos la satisfacción de obtener logros gracias a nuestra lucha.
¿Por cuánto tiempo cree que se extenderá la labor de las Abuelas?
Siempre vamos a mantener la lucha porque faltan muchos nietos por encontrar. Somos ya mujeres muy mayores. Sabemos que nadie vive eternamente. Nosotras no vamos a llegar a encontrar a todos los nietos que faltan, pero tenemos un grupo jóven que seguramente va a seguir trabajando hasta localizarlos a todos. Y como ya he dicho al principio, no solamente tenemos que ir a buscarlos, ellos ya vienen a buscar aquí su identidad. Además, el Banco Nacional de Datos Genéticos va a subsistir hasta el año 2050 si es necesario. Calculamos que para esa época nuestros nietos van a tener alrededor de 70 años, si un anciano tiene dudas sobre su identidad, va a poder recurrir al Banco de Datos Genéticos y, con un pinchacito en el dedo, se va a sacar una gota de sangre que a su vez se entrecruzará con la ya depositada y procesada para poder saber si es o no hijo de desaparecidos y a qué familia pertenece. Por lo que creo esto va a seguir por mucho tiempo más.

Yo seguía pintando…
Por Carolina Sejas

Juan Bauk tiene 56 años y es muralista. Autodidacta, comenzó a dibujar a los 14 años y a los 17 realizó sus primeros murales pagos. Actualmente dirige el Movimiento Regional de Muralistas de Argentina. ¿Pintar para subsistir o subsistir para pintar?. Un artista que nunca buscó serlo habló de los procesos creativos, del arte social y de cómo, luego de sus múltiples actividades, llegó a ser un referente del muralismo a nivel nacional.

¿Siempre se interesó por el arte mural?
Desde chiquito. Empecé a leer y escribir a los 4 años .Como en la escuela me aburría, las maestras, que veían que me la pasaba dibujando me decían: “Juan, andá a dibujar”. Y yo lo hacía: el cruce de Los Andes con San Martín, el caballo, las montañas, los doscientos soldados…Aunque en mi casa tenían decidido que fuera ingeniero porque mi viejo tenía una fábrica de construcciones metálicas, yo vivía dibujando. A los 14 años ya tenía un trazo adulto, maduro y tallaba, en piedra, madera, tiza, plástico, lo que fuera.
A esa edad empezó a ganar dinero ¿con qué actividad?
Fui ilustrador de bibliografía pedagógica. Las maestras me empezaron a encargar láminas, hacía fortuna con eso. A los 17 años hice mis primeros murales pagos en yeso, los segundos, en una discoteca bailable, unos collages. Después de eso dejé el mural porque me dediqué a la metalurgia. En los años ´70 surge el arte en metal y yo conocía todos los secretos porque me crié con eso. Entonces empecé a soldar en un taller, ganaba mucho dinero pero seguía dibujando a título personal.
¿Que pasó con la idea de estudiar ingeniería?
Empecé ingeniería, hasta que un día volví llorando sabiendo la decepción que le iba a dar a mi viejo, pero no me bancaba más. Después, empecé a estudiar psicología que sí me gustaba. Estuve en Filosofía y Letras desde el ‘69 al ‘74 y tuve que dejar porque llegó la Triple A, me amenazaron, no tenía clases nunca y además la cana nos cagaba a palos. En la época de Héctor Cámpora la facultad vivió una revolución. Teníamos acceso a toda la información, estudiábamos marxismo, se debatía. Más tarde comprendí los errores teóricos que había. Mi generación no produjo el cambio pero lo peor fue aceptar desaparición del pensamiento, de la utopía.
¿No pensó en hacer algo desde el arte, desde lo suyo?
No, en ese momento no, no tenía asumido que era un artista.
¿Cuando se asumió como artista?
Fue bastante tiempo después de que me reconozcan. Yo seguía trabajando y pintando. A los 27 ya tenía mi casa pero cambió la política del país y me encontré endeudado construyendo una fábrica. Para no volverme loco me refugié en el arte, pero de otro modo. Era fanático de la figura humana, empecé a aplicar composición, a estudiar para comprender lo humano a través de las formas. No tenía la pretensión de hacer arte. Era artista pero no lo sabía, de hecho creaba todo el tiempo, componía, pero a veces lo veía como un trabajo.
¿Esas reflexiones lo fueron convenciendo?
En ese proceso y convencido de que me iba a morir, produje más de 400 dibujos en seis meses. Un amigo me recomendó exponer. “¿Yo exponer?”, pensaba. Siempre había ganado dinero con lo que hacía. En las cosas que veía como trabajo el punto de vista estaba emplazado en lo técnico, en lograr el objetivo. Cuando uno se expresa como necesidad, con libertad, el proceso interno es otro. No te importa si lo vas exponer, si lo vas a vender, si vas a ganar dinero o ser famoso. Crecí a pasos agigantados, me invitaban a exponer en Santa Cruz y otras provincias. Ahí me empecé a ver como artista. Me colgaron al lado de Aldo Severi, y así entré por la puerta grande. Igual yo sentía pudor, no lo podía creer.
¿Esos procesos tienen que ver con su concepción del arte?
Arte es cuando uno se expresa, cuando busca decir algo a sí mismo o a otros. Es un proceso de comunicación, arte es comunicación. Sino sería una masturbación narcisista. Una expresión catártica tampoco considero que sea arte. El arte no puede ser explicado, al igual que el amor o Dios. Unos creerán y otros no, son caminos internos.
¿Es importante el reconocimiento de los otros artistas?
Es lindo pero no es lo más importante. Un verdadero artista trabaja porque no puede hacer otra cosa, no sabe que es artista. Es un modo de ver las cosas, una sensibilidad que deviene de una particular cosmovisión. La imagen es sólo la cristalización de una percepción interna del mundo. Así que cuando un colega te reconoce, para personas como yo, que no buscamos ser artistas, es algo muy agradable pero avergüenza mucho. Cuando me critican no me importa porque no soy heredero de ellos y ninguno fue mi maestro, siempre fui autodidacta, no le debo nada a nadie.
¿El muralismo tiene siempre como temática lo social?
Siempre ha sido social porque el muralismo está en el espacio público. Sino sería una invasión. Uno no se cuelga con su neurosis y sale a hacer catarsis por la calle, teniendo la gente que bancarse eso. El arte público exige un compromiso social, una consideración hacía ese otro anónimo, que paga ese espacio y tiene derechos. Si el arte público se vive como una invasión no sobrevive, lo pintan, lo tapan, lo rompen. El muralismo antiguo parecía cumplir una función testimonial, de usos y costumbres, destinado a trasmitir algo.
¿Como surgió el movimiento?
En el ´97 nos juntamos un grupo de muralistas pero la geografía muchas veces conspira contra la organización, sobre todo si no te ponés de acuerdo en planes de acción concretos. Así que quedamos en contacto pero a medias. En el 2000 empecé a viajar a Madrid y París. Me fuí relacionando, conectando. Antes me invitaban a encuentros y congresos pero no iba. Yo soy medio “ostra”, siempre estoy trabajado y necesito aislamiento. Ahí tuve un cambio de actitud. En un encuentro en Jujuy, al que fuí como invitado a dar una conferencia, me designaron junto con el presidente del Movimiento Nacional de Muralistas, Ítalo Grassi, como otro de los referentes del país, por mi trabajo, mi participación. De vuelta en Buenos Aires me llegó una carta en la que me delegaban la organización de las Jornadas Mundiales de Arte Público y Muralismo. Yo estaba contento, esas cosas las tomo en términos humanos. Me manejo como con un centro, adentro mío que me dice: “Anda por aquí, por allá,…ahora”.

Cuando la lucha se apellida Dignidad
Por María Bernarda Tinetti

Desde el 2000, Marcial Barreiro integra el MTD Anibal Verón de La Cañada, movimiento de desocupados que forma parte del Frente Popular Darío Santillán. Tiene 48 años y se define como “trabajador desocupado, militante ocupado”. Nunca había participado activamente en agrupaciones porque no veía las estructuras partidarias -ni de izquierda ni de derecha- como un lugar político de transformación y contención.

A 10 años del primer piquete, ¿qué quedó de aquellas puebladas?
Desde los movimientos gestadores, como los de Cutral Có y General Mosconi donde la falta de laburo y el hambre empujaron a los desocupados a que cortaran las calles, hasta las organizaciones piqueteras de hoy cambiaron muchas cosas. En este andar los distintos gobiernos asesinaron a muchos compañeros. Teresa Rodríguez, Aníbal Verón, Javier Barrionuevo fueron algunas de las victimas de la represión del sistema. No podemos olvidar los muertos del 19 y 20 de diciembre y la masacre del Puente Pueyrredón. Pero también quedaron las experiencias dignas de esas luchas y sobre todo la idea de que somos sujetos de la historia y por eso podemos modificarla.
¿Qué balance hace del rol de los piqueteros durante esta década desde el Frente Popular Darío Santillán?
A lo largo de estos años hubo al mismo tiempo involución y evolución en las formas de construcción de las organizaciones piqueteras. Que se hayan dado al mismo tiempo ambos procesos tiene que ver con el análisis que cada agrupación hizo en cada momento de la situación político/social. En los 90, los desocupados tuvimos un lugar de denuncia contra el neoliberalismo muy trascendente. Ahora hay sectores que forman parte del Gobierno directa o indirectamente como el caso de Luis D`Elia con quien -en tiempos de Menem- nos movilizábamos de forma conjunta. Desde el MTD Aníbal Verón no compartimos la postura del ahora Secretario de Hábitat de la Nación, porque no creemos en el proyecto del presidente Néstor Kirchner. Por otra parte, los no oficialistas -al menos en lo que respecta al Frente que integro- hemos aprendido mucho, fuimos creciendo políticamente y renovando el compromiso con las banderas del cambio social, por trabajo digno, contra el hambre, la injusticia y la impunidad.
¿Qué relación tienen ustedes con el Gobierno?
Muchas veces hemos intentado dialogar, pero parece que no todos los piqueteros somos bien recibidos en la Casa Rosada. Creemos que la represión del sistema continúa más allá de los gobiernos. Sigue faltando trabajo y el hambre no termino. Kirchner tiene un discurso pseudo progresista, sin embargo la política es la misma. El neoliberalismo no se fue y por eso nosotros seguimos luchando. Todos nuestros logros existen sólo porque no abandonamos la batalla. Seguimos reclamando al Estado que los autores intelectuales de los asesinatos de Maximiliano (Kostequi) y Dario (Santillan) sean juzgados y sin embargo, este gobierno que habla de los derechos humanos mira para otro lado. Hablando claro, actúa como garante de la impunidad.
¿Cuáles son las principales dificultades con las que se encontraron ustedes como organización?
Nosotros buscamos la unidad y la participación de todos los sectores y hoy consideramos a esta política como una de las pocas certezas en las que hay que trabajar para el cambio social. Sin embargo, hemos visto con mucho dolor cómo se fue desmembrando el campo popular, incluso al interior de nuestra organización y esto es porque la transformación del sistema no pasa sólo por la economía. Lamentablemente, la sociedad ha sido coptada por la cultura neoliberal del individualismo y ésta es la traba más importante con la que nos encontramos en la construcción política y por eso hay que combatirla. La relación de fuerzas es adversa y este sistema es perverso. Por más que queramos escaparnos de él no podemos evitar contagiarnos de sus males porque vivimos dentro de él.
¿Qué cosas aprendieron?
Siempre estamos aprendiendo y una de las herramientas más importantes que desarrollamos es la educación popular como práctica de aprendizaje colectivo. Armamos talleres y cursos de formación tanto políticos como artísticos y laborales. Somos más concientes de que hay que seguir buscando el fortalecimiento de la democracia de base, sin jefes ni líderes, y profundizando el método de la asamblea como lugar donde consensuar entre todos y todas las ideas y la acción. Entendimos que la experiencia del trabajo autónomo es fundamental para la liberación del hombre.
¿Cuáles son los principales problemas del campo popular en nuestro país?
Uno de las cuestiones más graves es la atomización. Argentina es una de las naciones de América latina donde más fracturadas están las organizaciones sociales. Algunas fueron coptadas, otras no tuvieron la capacidad de abrir la mirada y cayeron en dogmatismos rupturistas.
¿Qué quedó del piquete y la cacerola?
La protesta fue espontánea pero sin conciencia de organización. Por eso el argentinazo no se sostuvo. La gente cuando le tocaron el bolsillo salió a la calle, después se olvidaron de cantito “ la lucha es una sola”. Cuando pintó el dinero se apagó el fuego. Por eso antes te decía que el problema mas grave es que ganó la cultura individualista, pero la historia siempre nos otra oportunidad.
¿Con qué sueña?
Con la revolución.


Raúl, el encargado

Por María Soledad Zabala

Raúl Oscar Prieto tiene 48 años. De chico fue víctima de la violencia familiar, huyó de su casa y vivió en la calle durante varios años. Se convirtió en adicto a las drogas y al alcohol. Actualmente es encargado de un edificio ubicado en la calle Ayacucho 949, en Barrio Norte. Hace quince años que desempeña esa función y seis que los propietarios e inquilinos del inmueble lo quieren desalojar. Vive con sus dos hijos: Nicolás, de 7; y Florencia, de 15. También con Guillermo, de 18, hijo de la pareja anterior de su ex esposa. Ella lo engañó con su padre y, al poco tiempo, abandonó a toda la familia sin dar jamás algún tipo de señal.

¿Por qué se fue de su casa?
Mi mamá falleció cuando yo tenía cuatro años. Por ese motivo, vivía con mi viejo. Él era un tipo muy laburador, pero resentido con la vida cuando quedó solo. Prácticamente no me hablaba. Recuerdo que cuando trabajaba en su taller mecánico no me dejaba tocar nada. Si por casualidad me pescaba chusmeando sus herramientas, me pegaba sin decir ni una palabra. Éramos varios hermanos que, luego de la muerte de mamá, fuimos repartidos entre aquellos familiares que aceptaron hacerse cargo de alguno de nosotros. Cuando llegó mi turno ya se habían acabado los tíos, tías, primos y primas, y no me quedó otra opción que mi viejo. Era tranquilo, pero cuando algo lo alteraba, enloquecía y se ponía muy violento. Me golpeaba con lo primero que tenía a mano. No lo pude soportar y me escapé.
¿Dónde se fue a vivir?
Cuando no tenés a nadie te quedás en la calle. Conocía a unos pibes que vivían en Pompeya y los fui a buscar. De entrada me explicaron las condiciones para admitirme en el grupo y de a poco me enseñaron a sobrevivir. Un día normal empezaba con el sol de las doce del mediodía pegando de lleno en la frente. Mi percepción, perturbada todavía por la resaca de la noche anterior, no era óptima al inicio de la jornada. Me despertaba y estaba en cualquier lado. Una vez, me encontré en la orilla del Río de La Plata. Nunca supe cómo llegué hasta ese lugar. Estaba borracho y había consumido cocaína y marihuana. Recuerdo que andaba por Constitución, había ido a tomar algo con una muchacha de por ahí. A la mañana siguiente, cuando reaccioné, me di cuenta que la muy perra me había robado la billetera y los zapatos. Lo primero que hacía en el día era ir a pedir monedas al subte. Cada uno de nosotros tenía asignado un personaje distinto. Yo era “el Rengo” y mi compañero de línea “el Ciego”. Otros vendían “porquerías”. Lo que se juntaba se entregaba a uno de los jefes de la zona, quien se ocupaba de administrar ese fondo común. Nadie podía gastar ni un solo centavo, todo lo decidía la mayoría. Eran códigos internos: se podía cagar al resto, no a uno de los nuestros. Con lo recaudado se compraba alimento y bebida para todos. Nos reuníamos en un terreno, a tomar y comer lo que se conseguía. Comíamos todos o ninguno.
¿Dejó el consumo de drogas y alcohol?
Desde que me casé con Laura, la madre de mis hijos, dejé de drogarme todo el día, como acostumbraba. Aunque no abandoné esas adicciones por completo, quise ser un buen padre y formar una familia. Por eso empecé a controlarme y casi no consumía. Mi mujer me ayudó a salir adelante. Siempre iba a visitar a mi padre que estaba enfermo, e incluso logró que nos reconciliáramos después de mucho tiempo sin vernos. A su vez, me reencontré con mis hermanos y conseguí este trabajo gracias a un conocido suyo. Todo iba muy bien hasta que descubrí que, en realidad, ella me engañaba con mi viejo, y ahí entendí su increíble amabilidad y su vocación se servicio. Eso me destruyó. Mi vida giró 180º nuevamente. Creí que no volvería a caer jamás, pero comprobé que el gran cambio que había generado en mi vida fue un viaje de ida, con pasaje de vuelta de regalo. Ella ni siquiera me lo negó. Al otro día juntó sus cosas y se fue de casa. Nos dejó solos a todos. A partir de ese momento, cumplí toda clase de rol. A Guille y a Flor los cambié a una escuela privada para que se eduquen bien, estén más vigilados, y así no terminen como yo. Nico aún era chiquito, así que lo cuidaba mi hermana Beti. Al tiempo, retomé el contacto con mis compañeros de la calle, muchos de los cuales ya no estaban. Otros permanecían en iguales condiciones y con hijos a cuestas. Traté de darles una mano. Cada tanto, traía algún pibe a casa y lo hospedaba por unos días o tal vez meses, hasta que le encontraba un lugar.
¿Cómo reaccionan tus hijos cada vez que tres a alguien a casa?
La mayoría de las veces, mal. Siempre surgen conflictos. Ellos no comprenden lo que hago porque nunca pasaron hambre ni durmieron en la calle durante una noche de invierno. Al principio lo aceptaron ya que pensaban que era algo casual. Cuando se transformó en algo cotidiano, comenzaron los reproches. Me decían: “Nosotros somos tus hijos, no cualquiera que anda por la calle”. Yo los trataba a todos por igual, y ellos no lo podían tolerar.
¿Por qué razones quienes viven en el edificio exigen su despido?
Por las mismas que me juzgan mis hijos. Para ellos está “mal visto”. No concuerda con el barrio y su gente. No sé por qué se quejan, si ni se cruzan con los pibes. Ellos entran y van directo a mi casa, ubicada en la planta baja. La última discusión se produjo hace dos meses cuando el señor del 5º me agarró justo cuando yo le estaba pegando a Daniel, un joven de 22 años que hacía tres meses que vivía con nosotros. Esa noche el pendejo se había hecho “el vivo” con mi nena. ¡Casi lo reviento!. Yo estaba un poco tomado, lo agarré del cuello, lo llevé a la rastra hasta la vereda y le di una paliza que no se la va a olvidar más. El problema es que me denunciaron ante el consorcio y se alzaron todos contra mí.
Si el consorcio y la mayoría de las personas que viven allí no lo quieren como encargado desde hace tiempo. ¿Por qué no lo echaron aún?
No me echan porque hace más de una década que trabajo acá, y si me despiden me van a tener que pagar mucha guita para indemnizarme. No tienen con qué. Por eso me presionan constantemente para que presente la renuncia. Es más, el mes pasado me disminuyeron el sueldo en $400. Pero no lo van a lograr; al contrario, me dan más fuerza para seguir ayudando a los chicos.
¿Qué es lo que más sufre de todo esto?
Vivo con dolor y angustia. Siento que actúan con un solo objetivo: discriminar a todo aquel que está por fuera de estos lujosos departamentos. Lo vivo como si me sucediera en carne propia. Mi cuerpo está acá, pero mi alma allá lejos, por Pompeya. No soy feliz al ver a mis hijos despreciar a una persona. Lo que más sufro es la ausencia de Guillermo, el mayor. Se fue de casa hace un mes y todavía no apareció. Dice que lo tengo encerrado y no lo dejo vivir. Que de esa forma no va a crecer nunca. Yo sólo quiero cuidarlo, y que esté bien. Por eso, le pido que se quede siempre en casa y no deambule por cualquier lado.


Ni una vuelta atrás
Por Matías Fridman

Era una ama de casa totalmente despolitizada hasta que en el año 1977, durante el gobierno de facto de Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti, secuestraron a su hijo. A raíz de esto se unió a otras madres que también buscaban a sus familiares. Cuando se organizaron las Madres de Plaza de Mayo empezaron a utilizar el apellido de casada, no porque sean dependientes del marido, sino para tener presente a su hijo desaparecido.

¿Cómo nacieron las Madres de Plaza de Mayo?
Una vez que a cada una de nosotras nos sacaron a nuestros hijos de casa, y sin saber mucho de política, recurríamos a los lugares donde, supuestamente, nos podrían brindar ayuda: la justicia, la iglesia, la policía, los hospitales y tantos otros más. Pero de ellos sólo obteníamos mentiras. La cuestión fue que cada vez que íbamos a averiguar veíamos que estos no eran casos aislados, sino que era una práctica sistemática y que cada vez eran más los desaparecidos. De boca en boca nos fuimos conociendo, estuvimos un sábado en la Plaza de Mayo pero ésta estaba vacía, hasta que en 1977, en la Basílica de Luján, se propuso que nos pusiéramos un pañal con el nombre de nuestros hijos y con la fecha de su desaparición en la cabeza para identificarnos y para que los demás fueran conociendo porque no íbamos a parar hasta volver a ver a los chicos con vida. Más adelante dijimos que esa leyenda era injusta porque consideramos a todos los desaparecidos como nuestros hijos, entonces la cambiamos por: “Aparición con vida de los desaparecidos”. De esta manera, hicimos lo más difícil para una madre que es socializar la maternidad.
¿Recibieron algún tipo de ayuda en su búsqueda?
Jamás. Ni de parte de los organismos internacionales, ni del pueblo ni de la prensa, que fueron quienes golpearon las puertas de los cuarteles. Somos la única organización que no aceptamos dinero. No vamos a permitir que compren la vida de nuestros hijos ni nuestro silencio. Tampoco dejaremos de luchar porque ellos están desaparecidos y no muertos, y lo único que prescribe es la muerte. Lo que hicieron los milicos son crímenes de lesa humanidad y queremos que cumplan su condena en cárceles comunes. Basta de privilegios de prisión domiciliaria por ser de 70 años o más. Existe cualquier cantidad de hombres mayores como ellos que no están presos en sus domicilios sino en penitenciarías del Estado. La diferencia entre ambos es sólo por cuestión de poder.
¿Qué relación tuvieron las Madres con los gobiernos democráticos?
Los gobiernos democráticos siguieron adelante con el programa y el plan que se estableció durante la dictadura. Alfonsín hizo un juicio mentiroso y reconoció la deuda externa que Domingo Cavallo había estatizado en la época del Proceso mientras era presidente del Banco Central, es decir de un gobierno no constitucional. Carlos Menem los indultó, hizo el pacto de Olivos con el ex presidente radical y convocó a Cavallo como ministro de Economía, que también fue de Fernando De la Rúa, cuando hipotéticamente son los partidos contrarios. Todos fueron cómplices de lo que pasó.
¿Y la actual gestión de Néstor Kirchner?
La política de Kirchner es distinta a las anteriores. Hubieron y hay muchos avances en materia de derechos humanos, se mejoró la situación económica, de empleo, bajó la pobreza, pero igual esto no es suficiente. Es un principio. Seguimos exigiendo el reparto de la riqueza de forma equitativa. Reconozco que somos más allegadas a este gobierno, pero las Madres no pertenecen ni pertenecerán a ningún partido político ni tampoco pretendemos un puesto, sólo nos manifestamos con lo que estamos de acuerdo, pero en lo que no, también lo decimos. Hacemos política pero no partidaria, representamos a 30 mil desaparecidos. Lo nuestro no es sólo protesta como dicen algunos, sino protesta con propuesta, caso contrario no sirve.
¿Siguen teniendo la misma fuerza que hace 30 años atrás?
Esta lucha es muy difícil, sobre todo después de tantos años. El cuerpo ya no es el mismo y los gobiernos que pasaron no nos ayudaron. Los medios de comunicación callaron y con Kirchner teníamos miedo que nos vuelva a pasar lo mismo, que nos dejen solas, pero cuando dijo que nosotras éramos la madre de él y de todos los argentinos, nos dio un empujón de fuerza muy grande. No vamos a bajar los brazos bajo ningún punto de vista, y eso en parte lo demostramos todos los jueves cuando marchamos a la plaza. Ya pasamos las mil quinientas vueltas.
¿Cuál va a ser el legado de las Madres?
El de la lucha, el amor por la vida y el no callarse ni venderse. De a poco, con mucho esfuerzo y con la ayuda de mucha gente, fuimos creciendo como asociación y hoy tenemos la universidad, una biblioteca, la casa de las Madres, una radio, un archivo muy importante y esto es fundamental para el mantenimiento de la memoria y el conocimiento de la historia. Además estamos con proyectos de construir escuelas y comedores para los chicos carenciados donde puedan aprender, no provoquen lástima y no se sientan discriminados. Vemos que la sociedad sigue estando politizada y nos encanta que los jóvenes se rebelen contra el orden establecido y las injusticias que nos quieren imponer los más poderosos. Siempre el accionar de los chicos debe ser con causa, con propuestas. Mi miedo es que los hilos de la sociedad siguen siendo manejados por aquellos asesinos y corruptos que estuvieron y se enriquecieron en el Proceso, que no están cumpliendo su condena porque son gente de mucho poder y dinero. Ojalá que esto cambie de una buena vez por todas. Es un trabajo largo, difícil y arduo pero estamos por buen camino.


Roxana Martínez, diseñadora gráfica
“Gutenberg está vivo en cada esquina de los barrios bogotanos”
Por Laura Dal Poggetto

Fundó junto a dos amigos el proyecto Popular de Lujo dedicado a registrar la cultura popular y sus expresiones en las calles de Bogotá, Colombia. Vino hace ocho meses a Buenos Aires dispuesta a cursar un seminario de post-grado por dos años. La diseñadora, hormiga laboriosa y viajera por partes iguales, habla sobre el sitio web que ya cuenta con doce mil visitas mensuales y compara a la ciudad sin estaciones con la metrópoli donde lo que mata es la humedad (y la nostalgia).

¿Cómo comenzó Popular de Lujo?
Empezó hace cinco años, en Bogotá. Somos tres amigos, todos diseñadores, que compartíamos el gusto por la ciudad, la gráfica de la calle y la cultura popular. Y cada uno por su cuenta tenía colecciones de material. Por ejemplo, yo tenía volantes y afiches de la calle anunciando desde la oferta de prostitución a las misas cristianas, o los servicios de magia y brujería. Comenzamos a planear un proyecto impreso, que finalmente desembocó en el sitio web que tenemos ahora. Por un lado porque nos resultaba mucho más económico tener el proyecto en Internet. Y además por la posibilidad de que se fuera alimentando todo el tiempo y de vincularlo a otras iniciativas similares. Estuvimos más o menos un año y medio planeando la estructura de la página y buscando material: no queríamos que se volviera un álbum de fotos, si no también poder escribir sobre eso. Y en el 2003 la lanzamos. Desde entonces nos hemos dedicado a participar en diferentes eventos de arte, congresos y talleres.
¿ Y cómo se disparan los temas a tratar en las secciones?
Muchas veces haciendo retrospectiva uno nota una inquietud, cosas a la que le está poniendo atención últimamente. Entonces me lo propongo como tarea: hago una expedición, busco imágenes, hago entrevistas, recopilo material y escribo sobre eso.
Ahora que el proyecto ha crecido, y tienen más colaboradores ¿cómo se maneja la organización de esto que comenzó con ustedes tres solos?
El grupo de colaboradores empezó siendo muy pequeño y constante, eran tres o cuatro amigos comunicadores sociales con los cuales nos reuníamos para planear los contenidos del boletín que enviamos cada mes. Nosotros proponíamos los temas, para ver si ellos querían trabajar en alguno. Pero siempre estaba abierta la posibilidad que si a alguien le interesaba algo en especial y quería escribir sobre eso, se pusiera a consideración de todos. Luego se empezó a desbordar la cantidad de trabajo y era difícil manejar los tiempos de todo el mundo. Entonces lo que hicimos fue empezar a botar las ideas por mail. También tenemos convocatorias abiertas al público. Está la del Jalouín, la del Japiverdei y el trucumail, esos e-mails que se mandan por forward y cuentan historias macabras de Bogotá. No exigen mucho esfuerzo para contribuir, se puede mandar de a una foto. Y lo que tratamos de hacer es retratar la vida de un bogotano común y corriente a través de celebraciones como ésas. Y gracias a que la gente se anima y participa es que esas secciones van creciendo. Es clave la colaboración en el proyecto. Popular de Lujo es un colectivo anónimo de trabajo, porque es lo que mostramos de Bogotá lo que importa; y no que hay tres personas detrás de él. Por eso mismo, la manera en que se ha dado a conocer tiene que ver con el voz a voz, la misma forma en que se reproducen las cosas en la ciudad.
¿Cómo se manejan con los derechos de autor de las imágenes que muestran?
El asunto con todas las imágenes que nosotros mostramos es que se puede hacer en la medida que nosotros no lucremos con eso. Pasa también que en la calle hay mucho material que es anónimo. No quiere decir que no tenga un dueño o no haya tenido un autor, si no que difícilmente se pueda rastrear hasta dar con ellos. Cuando se logra tener alguna información al respecto, la anexamos. En la medida de lo posible ponemos cuándo y dónde se encontró, el año en que se produjo y con qué técnica, qué tipo de pieza es, para que se usa. Creo que es también parte de la ética de trabajo que tenemos. No nos parece bien lucrar a espaldas de los artistas gráficos de la calle.
¿Cómo es la adaptación fuera de su ciudad ahora que está en Buenos Aires?
Tenía ganas de volver a estudiar y gente amiga me contó de la especialización de Teoría del Diseño Comunicacional que había aquí en la UBA. Quería salir de Bogotá un tiempo, a pesar de que la adoro, porque tiene un encanto especial extrañar lo que uno más quiere. Como también el vértigo que le produce a uno estar en un sitio desconocido. Y me genera ansiedad todo: cómo comunicarme, cómo moverme. El tema con Buenos Aires es que uno experimenta todo eso, pero al final también se siente en casa. Aunque he tenido días con el síndrome de “Perdidos en Tokio”: (entre risas) “Me quiero ir a mi casa, no entiendo, no entiendo”. Por ejemplo, el tema del grito herido y la puteada para todo. No sé si es parte de la herencia italiana, pero aquí hay muchas de esas cositas privadas que se vuelven públicas: igual que un pasacalle. Y también multiplican todas las groserías: la hija de la re mil millones... Eso me divierte un montón pero también me saca de quicio. Pero Argentina como destino era importante, porque siempre estoy comparando diferencias y semejanzas entre los lugares donde voy y Bogotá; y si bien compartimos lenguaje y continente, me encanta encontrar dónde se rompen las fronteras y dónde definitivamente no nos parecemos.
¿Qué elementos tienen en común la identidad bogotana y la porteña?
En cuanto a los carteles, yo creo que los bogotanos estamos apegados a otros siglos –todavía existen talleres de tipografía con tipos móviles – y a mí me encanta saber que Gutenberg está vivo en cada esquina de los barrios populares de Bogotá. Son avisos casi siempre hechos en papel periódico, para anunciar misas de velación, peleas de gallo, cosas muy a nivel barrial. Y aquí he visto muchísimo menos de eso. De todas formas, siento que hay más color en Bogotá. Al estar a 2600 metros por sobre el mar, es fría y sin estaciones. Pero hay mucha gente de la costa y se han “caribeñizado” los colores, las expresiones. Eso se nota en la calle, hay mucha exuberancia en los avisos comerciales. Acá todo es más tímido. Por otro lado, los pasacalles bogotanos son sólo para lo comercial mientras que aquí me encontré con mensajes de amor, de cumpleaños, de despecho y de perdón. Eso me encantó. En Buenos Aires hay como nostalgia en el aire. Por ejemplo en lugares como los cafés. Allá son cosas de antaño, aquí hay en todas las esquinas. También son nostálgicos con lo político y lo social, hay cosas que han marcado con dolor. Por supuesto que eso ha pasado en muchos lados, pero aquí ha habido cortes muy fuertes. En Colombia uno no dice: “en la época de tal presidente”. Siempre ha habido un panorama muy continuo de frustración. Siempre vivimos más o menos mal. Al mismo tiempo acá hay mucho movimiento, y siento que la gente disfruta mucho el tiempo libre: se toman un rato para irse a tomar algo, estar solos o salir. Yo voy al cine a las 11 de la noche y en la sala hay señoras que podrían ser mis abuelas. Eso me gusta.

“Siempre hay lugar para un habilidoso”
Por Aníbal Furcinitto

Aparece 45 minutos después de lo pactado. El lugar, un bar-confitería ubicado en la esquina de la avenida del Libertador y Echeverria, en el corazón del Bajo Belgrano. Flaco, canoso, arrugado. Chaplinesco, de movimientos agraciados, divertidos y veloces. Pantalón blanco, deportivo, con el escudo de huracán. Buzo gris, gastado. Cuesta creer que este señor, que realmente parece un viejito, jugó dos mundiales – Alemania 1974 y Argentina 1978, donde se consagró campeón del mundo - y es considerado por muchos entendidos en el tema, como el mejor wing derecho que ha dado el fútbol argentino. Es René Orlando Houseman, capaz de gambetear en el aire. En esta entrevista se refleja su rebelde personalidad en el juego. Puro vértigo y freno. Cuando habla, dispara las respuestas, con frases cortas, pero precisas, como sus gambetas.

Hoy no vamos a hablar de fútbol, sino de la vida.
Es lo mismo.
¿Le da lo mismo hablar de cualquier cosa?
No, digo que el fútbol y la vida es lo mismo. El fútbol es mi vida. Ojo, que ya no juegue más profesionalmente no quiere decir que ya no viva el fútbol. No puedo no hablar de fútbol pibe…
¿Cómo arrancó?
Yo soy santiagueño, nací en La Banda, un pueblito chiquito de por ahí. Llegué a la Capital a los cuatro años y viví en una villa de emergencia que estaba acá a unas cuadras. Porque antes, todo esto era una villa.
Lo sabía, yo soy del barrio, vivo frente a la cancha de Excursionistas...
Mirá vos, hubiéramos sido vecinos. La cosa es que mandaban gente de los clubes de la zona a ver pibes para fichar. Me vieron en el potrero de Pampa y Dragones y me ofrecieron ir a Defensores. Tenía 19 años.
¿Y después por qué otros clubes pasó?
De ahí, a Huracán, donde creo que jugué el mejor fútbol de mi vida, por eso la gente me quiere tanto. Después pasé por River, Independiente, me fui a Chile, Sudáfrica...
¿Sudáfrica?
Si, en el 83 jugué en Sudáfrica, en un equipito. El Amazulu. –risas- Parecido al nombre de la serie (en referencia a la serie norteamericana, “Jaca Zulú”)
No lo imagino en ese país.
Yo tampoco. La verdad, no sé por qué me fui. No lo volvería a hacer. Muy aburrido Sudáfrica.
¿Se arrepiente?
No, eso no. Pero no lo haría de nuevo. Me cuesta estar lejos de lo mío. De mi casa, mi familia, mi gente. Cuando recién empezaba, me ofrecían ir a clubes muy importantes, pero yo rechazaba. Preferí Defensores porque la cancha quedaba a 10 cuadras de la villa en la que vivía. Mis amigos me iban a ver en las prácticas. Viajaba en bicicleta. Terminábamos de entrenar y nos íbamos a un barsucho a tomar unas cervezas todos juntos. Eso era, para mi, parte del fútbol. Me daba mucho placer hacerlo.
¿Entonces a Sudáfrica se fue por la plata?
No, tampoco. La plata va y viene. Yo si hubiera querido me habría comprado terrenos, casas. Ahora también podría irme a vivir a otro lugar más grande, lujoso, o a otro país. Pero no me interesa. Vivo acá, cerca de mis afectos, cerca de la cancha de Excursio. Tengo una casita que queda al lado de donde estaba mi casilla, en la villa. Ahora la zona cambió, hay edificios, pero la esencia del barrio sigue siendo la misma. Además, si me voy lejos, no podría encontrar una confitería así. Este bar es mi segundo hogar.
Mucha gente considera que fue uno de los mejores futbolistas del país.
Son unos exagerados.
Incluso dicen que, de no ser por su adicción al alcohol, hubiera llegado a ser como Maradona.
No, no. Como el Diego no va a haber nunca nadie. Pero es verdad. Siempre que me preguntan digo lo mismo. Para mí, pese a que no fui número uno, mantenerme fue lo que más me costo, ya que en un momento se nubló el ambiente en el que me movía. En mí época era muy difícil evitar la noche, el alcohol. Me acostaba tarde, fumaba, tomaba. En realidad, son cosas que sigo haciendo todavía hoy, pero ahora ya no soy un futbolista y lo hago sin culpa, pero en menor medida, porque los años no vienen solos. O por qué te pensás, pibe, que tengo estas arrugas...

René se pone serio por primera vez desde que comenzó la charla. Mira el atado de Parisienne de 20, como con rencor, niega con su cabeza. Sin embargo, igual que dentro de la cancha, con una gambeta endiablada, imprevisible, encara para el lado contrario al que todos imaginaban, y se enciende uno...

¿Cuántos años tiene?
¿Cuántos me das, pibe? ¿Sabés? Yo nací en 1953, el 19 de julio. O sea que tengo...a ver...53 años. Mirá, soy del 53 y tengo 53.
Parece mayor...
Siempre me dan más de 60. Un día me dieron 68.
¿De qué equipo es hincha?
De Excursionistas, a muerte.
Pero jugó para Defensores. Es más, debutó allí.
Sí, pero soy del verde. Yo debuté en Defensores de Belgrano y me retiré en Excursionistas - son como el River y el Boca del ascenso - pero siempre fui de Excursio. Es mi club, con el que me siento identificado, “los villeros” del Bajo Belgrano. Por eso, me retiré jugando ahí. Los equipos son como las mujeres, no importa la primera ni la segunda. Importa la última, porque es con la que te quedás –dice sonriendo con cara de pícaro, mientras bebe el último sorbo de su cerveza.
Pibe, se me hace tarde, tengo un desafío al truco…¿vos sabés jugar?
Si me deja una pregunta más, juego.
Dale, la última.
¿Hay lugar en el fútbol actual para jugadores como usted?
Creo que sí. Siempre hay lugar para un habilidoso.


Laura
Por Liliana Chiernajowsky

Entre las presas políticas, Laura era conocida por su humor chispeante, cierto histrionismo en la manera de hablar, y el arte de inventar películas los domingos a la hora del cine. Estuvo detenida desde los 23 a los 29 años en el penal de Villa Devoto. Es licenciada en Ciencias de la Educación y tiene dos hijas.

¿Alguna vez pensó que podían detenerla?
No, más bien con mi compañero nos sentíamos blanco de las Tres A (Alianza Antiterrorista Argentina) que ya nos habían amenazado. Estábamos a mediados del 75. Así que la cárcel me pareció el mal menor. Sentí alivio por estar viva y me dispuse a sobrellevar lo que venía.
¿Y cómo fue el primer día?
Al ingresar al único pabellón que en ese momento estaba habilitado para mujeres, me pareció ver una imagen fellinesca. Las compañeras vivían hacinadas, colgaban ropas por todas partes, y ellas mismas iban vestidas con ponchos y frazadas. Parecían disfrazadas. Era invierno y hacía mucho frío. Pensé que me encontraba en un loquero. Para colmo no me quisieron recibir, le dijeron a las celadoras que no entraba ni una más. Entonces me llevaron al hospital, donde ya había otras presas por falta de espacio. Ellas me explicaron que estaban tomando esa medida de fuerza para obligarlos a acondicionar nuevos pabellones para mujeres. Que las disculpara pero no había otra. El régimen todavía era flexible antes del golpe. Se leían los diarios, se podían hacer manualidades, jugar a las cartas, al ajedrez. Las que eran madres aún podían tener a sus hijos hasta los dos años. Inmediatamente, en cuanto pude comunicarme con mis padres, les pedí que me trajeran a María Laura a vivir conmigo, ella entonces tenía tres meses.
¿Cómo vivió la maternidad en esas circunstancias?
Por un lado me sentía contenida, teníamos una organización interna para cuidar a los chiquitos, compartíamos el lavado de los pañales, todo estaba socializado. Las peleas con el servicio penitenciario para que nos dieran alimentos adecuados para ellos y tiempos de recreo eran permanentes. Pero cada vez que la nena salía para que la llevaran a visitar al padre, tenía picos de temperatura. Era muy duro. Luego, en el 76, salió una disposición nueva, que permitía tenerlos sólo hasta los 6 meses. Separarme de ella antes del año y medio fue una de las situaciones más tristes que me tocó vivir.
¿Cómo era la vida cotidiana?
Fue cambiando de acuerdo al contexto político y las condiciones materiales en las que vivíamos. Al principio éramos 30 mujeres encerradas en pabellones no muy amplios, de 8 por 4 metros más o menos. La contaminación auditiva y visual –como diríamos ahora- era terrible. La falta de espacio y de intimidad, el calor en verano, los ruidos permanentes, hasta las ratas cuchicheaban. Sólo nuestra mística a prueba de balas y una implacable práctica de la crítica y autocrítica – aspecto fundamental del funcionamiento político – nos permitía llevar una convivencia armónica en esas condiciones.
Luego eso cambió…
(Se ríe con ganas) Sí, fuimos al Sheraton. Después del golpe, Devoto se convirtió en el lugar de concentración de todas las presas políticas del país, las que permanecimos vivas por haber sido detenidas antes del plan de exterminio. Entonces equiparon celulares con celdas de máxima seguridad que antes alojaban a los presos comunes peligrosos, y nos ubicaron de a cuatro. Eran cubículos pequeños diseñados para una sola persona, de 2 por 3 metros, con una pileta y una letrina, a los que les empotraron cuatro cuchetas de hierro. Allí compartíamos todo, todas las horas de todos los días, hasta los sueños. La celda era living, comedor, baño y dormitorio al mismo tiempo.
¿Tenían recreos?
Sí, cuando no estábamos castigadas -que era la norma- nos dejaban salir una hora al pasillo donde desembocaban las celdas de cada piso y a veces podíamos estar una hora en el patio. También salíamos para ducharnos -con agua fría invierno y verano- pero a menudo nos sancionaban con el baño. Pronto adquirimos todos los rebusques que ya tenían los presos para comunicarse y otros que nosotras inventamos.
¿Cómo hacían?
Sacábamos los tornillos de las cuchetas, agrandábamos el agujero y teníamos horarios para hablar con las celdas vecinas. Para hacerlo entre los pisos era más complicado, nos pasábamos los canutos, unos envoltorios que hacíamos con los paquetes de cigarrillos, separando el papel metalizado. Con eso obteníamos un fino papel manteca donde escribíamos informes, análisis de coyuntura, copias de textos de Marx, Mao, Giap, entre otros. Luego los recubríamos con plástico y los portábamos en nuestros cuerpos, siempre. Para leerlos, las primeras celdas hacían guardia, si entraban las celadoras al pabellón las compañeras golpeaban la pared. Esos mismos paquetitos circulaban de piso en piso. Vaciábamos la letrina, anudábamos medias de nylon –hasta alcanzar 4 metros aproximadamente– en la punta le colocábamos los canutos y tirábamos agua. En el otro piso los enganchaban con un sistema similar. Los penitenciarios se volvían locos tratando de incautar esas herramientas de trabajo. También teníamos una prensa interna. Una vez por semana publicábamos un periódico con bembas, noticias que nos llegaban por las visitas, o codificadas en la correspondencia de los familiares, que era censurada.
¿Qué lugar ocupaba la lectura?
Importantísimo, devorábamos todo lo que llegaba. Yo leí toda la literatura latinoamericana, los clásicos rusos, las obras completas de William Faulkner, el Ulises de Joyce, historia argentina –que estudiábamos sistemáticamente– economía. Y lo que estaba prohibido lo guardábamos, como dije, en nuestra biblioteca ambulante.
¿Es verdad que iban al cine?
Sí, era un como si. Inventábamos películas, por ahí sabíamos que se había estrenado alguna y sólo con el título armábamos una historia. Los domingos nos sentábamos en las cuchetas y una se ponía a contar. Era un juego, pero nos la creíamos. Lo mismo hacíamos con los sueños, todas las mañanas, mientras tomábamos el mate cocido, cada una relataba su sueño. Se trataba de un ritual ineludible. Cantar era otra terapia, aunque siempre nos sancionaban por hacerlo. Sólo nos dejaban organizar teatro y canto en las navidades.
En ese recrear las condiciones de existencia y desplegar la creatividad de múltiples formas, ¿cree que haber sido una detenida mujer marcó alguna diferencia?
Todos los seres humanos tenemos una capacidad insospechada para sobrevivir en situaciones límite y desarrollar formas creativas de resistencia cotidiana. Pero hay una dimensión que tiene que ver con la manera como las mujeres resolvemos los problemas, las adversidades, tanto las de todos los días como las más dramáticas. Algo del orden del poner el cuerpo, la afectividad, la voluntad, y la palabra frente al conflicto. El hecho de que hayan sido las madres –las locas de la plaza– quienes protagonizaron el modo de denuncia y resistencia que las hizo conocidas en el mundo, habla también de esa diferencia.

Carlos Núñez Cortés
Por Lucila Zin

Carlos Núñez Cortés nació el 15 de octubre de 1942 en Buenos Aires. Desde 1969 forma parte del grupo humorístico-musical Les Luthiers, junto con Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich. Además, es doctor en química, malacólogo y compuso música para varias obras teatrales. Aquí cuenta sobre sus inicios en el grupo y sus logros profesionales.

¿En qué momento surgió su vocación humorística-musical?
Mi vocación musical se manifestó desde la infancia. De pequeñito me gustaba tocar el piano “de oído". En mi casa no teníamos. Entonces, iba de visita a la casa de un compañerito donde había un piano y allí intentaba sacar las canciones de moda de aquel momento. Algo después, en una reunión familiar, mis padres me descubrieron tocando el piano y no lo podían creer. Eso hizo que decidieran comprarme uno y enviarme a un profesor.
¿Por qué decidió dedicarse a esta profesión?
No fue nada fácil. Además yo me preparé para otra cosa. Durante varios años estudié en la carrera de Ciencias Químicas y logré recibirme de Licenciado en Química Biológica. Trabajé durante un tiempo en esa profesión, que dicho sea de paso, me gustaba mucho. A medida que el éxito de Les Luthiers aumentaba se me iba haciendo cada vez más difícil mantener ambas cosas con el mismo nivel de entrega. Finalmente abandoné mi profesión de químico para dedicarme de lleno a la nueva actividad.
¿Dónde conoció a sus compañeros de Les Luthiers?
Los conocí en el coro universitario de la facultad de Ingeniería. Allí nos reuníamos dos veces por semana para ensayar. El repertorio era bastante "serio": Bach, Haendel, Schumann. Nos encantaba interpretar esos compositores. En el seno de ese coro había un grupito de personas que se reunían luego de los ensayos para hacer tertulias musicales y literarias. Yo me integré enseguida. Allí conocí a Gerardo Masana (el fundador del grupo), a Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich y los demás que, con el tiempo, conformaríamos con el tiempo Les Luthiers.
Esta profesión, ¿Le dio algún tipo de sinsabor?
Ser luthier implica muchos más placeres que sacrificios, pero éstos existen: la exigencia de ser siempre gracioso e inteligente frente a los demás, la convivencia con las mismas personas durante largos períodos, las envidias y mezquindades de los compañeros de trabajo (potenciadas durante las etapas creativas). Las cosas maravillosas que acompañan al éxito también traen aparejadas condiciones severas de fidelidad y entrega total al grupo. Si uno está podrido, no puede dar un portazo y mandarse a mudar. Pero si bien todas las profesiones tienen sus lados complicados o desagradables, en este caso debo decir que las satisfacciones que me proporciona el hecho de ser luthier son muchísimo más numerosas que sus sinsabores.
Profesionalmente hablando, ¿Le quedan cuentas pendientes?
No. La verdad es que estoy muy satisfecho con todo lo que he hecho y logrado.


El silenciamiento premeditado y los conflictos de la fidelidad al Evangelio
Por Lucas Spigariol

El 4 de julio de 1976, poco tiempo después de producirse el golpe de Estado, el barrio de Belgrano fue testigo del asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas católicos, un episodio que se conoció como la Masacre de San Patricio. Jorge Kelly*, uno de los sobrevivientes, relata sus impresiones, no sólo de aquel hecho, sino también del contexto eclesial y las formas en que se lo recuerda 30 años después.

¿Cómo vive lo que ocurrió, treinta años después?
Era parte y vivía en esa comunidad. Además de los que fallecieron había tres seminaristas más: Rodolfo, que se fue a su casa, Miguel, con quien estábamos de retiro, y yo. Lo vivo mal no sólo por el hecho en sí, sino también – y esto lo digo después de años – por el silenciamiento premeditado que el gobierno impuso sobre la Iglesia, que ya había sufrido con la muerte de unos seminaristas un mes antes en San Miguel, y que pasó desapercibida. No fuimos los primeros, esta práctica ya se venía realizando. Hubo una evaluación de inteligencia militar al respecto. Dijeron: “Hay que saber tocar para que esto realmente tenga sentido”. Se eligió una comunidad que tenía proyección e influencia en un barrio muy especial, como para decirle a la Iglesia: “No jodan, porque estamos detrás de ustedes y la vamos a silenciar”.
¿Y la Iglesia entendió el mensaje?
No sólo eso, también lo acompañó, porque suponía que los militares estaban haciendo las cosas bien, que buscaban la unidad y la organización del país, la superación de un estado generado por la Triple A, el ERP y toda la mafia que venía actuando en el país. Pensaba que con esto se superaba de una vez por todas la situación caótica que se vivía. La Iglesia fue ingenua y a su vez genuflexa al poder, al creer que quien lo detenta lo hace porque viene de Dios. Expresa una ideología autoritaria detrás que es central en nuestra Iglesia y que continúa hasta el día de hoy. No se puede hablar de comunidad de comunidades si no existe una clara conversión desde los seminarios, que lamentablemente reproducen el esquema de poder. Sigue siendo ritualista y sacramentalista y el mismo clero está ordenado a ese teatro. Consecuentemente, todo lo que pueda ser conflictivo, lo saca del lugar porque no lo sabe manejar. Es una institución que no entiende y tampoco intenta buscar y vivir la justicia y la caridad. La Iglesia no supo ni quiso manejar este episodio, En cambio, hubo una clara condena sobre los seminaristas. No sólo dijeron “en algo andarían”, sino que también sostuvieron que nosotros habíamos dado lugar a que sucediera así”.
¿Qué opina de los diversos actos que el Gobierno Nacional viene realizando para recordar sucesos vinculados con miembros de la Iglesia Católica?
Está usufructuando el vacío que dejó la misma Iglesia. En el fondo la está cacheteando, fundamentalmente a la jerarquía, porque está mucho mas avanzada que ella en el reconocimiento de situaciones. No vamos a negar que en la política se usa todo esto, independientemente que también haya un reconocimiento a actuaciones y hechos, como por ejemplo a la figura del obispo Angelelli. Pero creo que el oportunismo de ellos consiste en resaltar lo que todo el mundo ya ha reconocido. La cúpula eclesiástica ano lo ha hecho y otros están dando pasos mucho más allá de los que la Iglesia está dispuesta a dar, y no porque no tenga elementos, sino porque es sumamente autoritaria y conservadora. En el fondo, es cagona. Hay excepciones que han transgredido estos límites, pero también así lo han pagado. Pareciera ser que la jerarquía está formada por administrativos de carrera que sólo están esperando ascender. No quieren decir nada que interfiera con un posible ascenso. No se a dónde, pero en el fondo son cortos hasta para eso. Por otro lado, evidentemente son fieles a la institución y al papa, pero no a Jesucristo. Ahí es donde valoro gente como los obispos Jaime De Nevares, Miguel Esteban Hesayne y Jorge Novak, que también tuvieron sus roces y sus conflictos, pero eran libres. No esperaban ser cardenales o alcahuetes mayores del monaguillo del Vaticano. Les preocupaba ser fieles al Evangelio y al acompañamiento de su pueblo. Todos me impactaron porque son personas de profunda oración, que se daban el tiempo para rezar. A Hesayne lo veías a la mañana y a la tarde rezando. Cuando había un despelote y lo llamando por algún conflicto, te decía “termino y nos encontramos”.
¿Qué desafíos trae para un joven de hoy recordar estos hechos?
Algunas cosas que me resuenan en el corazón: por un lado, ser fieles al Evangelio en la historia tiene sus complicaciones y sus crisis, sus dolores y sus alegrías. Depende de cómo uno fue creciendo si será fiel o no. Al mismo tiempo, nadie tiene la precisa: yo no voy a decir que todos nuestros diálogos, reflexiones y posturas hayan sido puras. Hemos dado lugar a críticas y a malos entendidos, pero ahí es donde rescato la actitud, desde la conciencia de cada uno, de ser fiel al Evangelio y saber que no siempre las cosas salen como uno piensa. Lo importante es que tu cable a tierra siempre sea la comunidad a la cual pertenezcas.

* Miembro de la comunidad religiosa de San Patricio en julio del 76, actualmente, junto con su esposa Alicia, responsables de Caritas y de la Pastoral Social de la diócesis de Viedma.

Entrevista a Osvaldo Bayer
Confesiones de un hombre enamorado
Por María Bernarda Tinetti

En la puerta de su casa cuelga un cartel preventivo: El tugurio, dice, no vaya a suceder que algún visitante desprevenido, asaltado por fantasmas anarquistas, libertarios, socialistas o por un personaje perdido de esa novela que nunca escribió, después traiga alguna queja.
El lugar huele a leche fresca de dignidad militante, la historia se hace presente en las miles de paginas amarillas apiladas entre enredaderas y potus enanos en el viejo patio techado del barrio de Belgrano.
La pava chillona avisa que el agua para el mase te pasa, el hombre se apresura. Igual camina despacio.
Primera confesión: En la mesa de luz tiene la foto de Marlene Dietrich, una actriz y cantante alemana nacida a principios de siglo pasado y fallecida en 1992, a quien siempre amo. Cada noche -antes de perderse en sueños antiguos hoy vigentes- besa el rostro de esa mujer.
Termina la confesión uno.
Dice que le fastidian los termos. Quizás de sus viajes por el sur le quedó la costumbre de matear en fogones con los carreros hijos de peones asesinados por el Coronel Héctor Varela.
Confesión segunda: “El final de la película lo cambiamos tres veces. Pocos lo saben, es porque a los militares no les gustaba la última toma sobre el fusilamiento de los obreros. Entonces se negoció la escena del cumpleaños donde el milico escucha con desconfianza como los hacendados ingleses le cantan el feliz cumpleaños en su idioma nativo.”
Juan Domingo Perón, recuerda después de tragar un amargo- halagó la obra y le ofreció apoyo del Estado para proyectar el films en los cines argentinos. Poco duró. Tanto el autor como los actores y director fueron perseguidos durante el mandato de Isabel. La Patagonia quedaría para otra revancha.
“Las luchas populares siempre vuelven, n se pueden matar las ideas”, afirma con la mirada puesta en un cuadro tallados en madera quebracho regalo de los anarquistas.
Fin de la segunda historia.
El Che lo abraza en una caricatura a la lápiz y las camisetas de Rosario Central que llevan puestas confirman que es canalla desde su más tierna edad.
Confesión tercera: Recuerda las discusiones con el comandante en La Habana.
“Con el Che no coincidía en algunas cosas. Un día le pregunte sobre como haría la revolución en nuestro país y me dio una larga explicación. Iría ganando pueblo y ampliando el ejército de campesinos hasta llegar a la Ciudad de Buenos Aires”. Este intelectual hijo de alemanes y nacido por casualidad en capital federal, lo escuchó atento, e interpeló a Guevara ¿Y la gendarmería, y el ejército? Los oligarcas enviarían a todas las fuerza armadas antes de que pisen suelo porteño. El guerrillero humanista lo miró desolado y luego de un largo silencio solo argumentó: Son unos mercenarios.
“Hoy lo valoro en toda esa dimensión, era un valiente, un romántico y no existe revolución sin amor”. Fin de la confesión tercera.
Murió Osvaldo Soriano. El pecho se le rompió otra vez.
Los amigos juraron nunca más juntarse esas noches de cada semana. León Rozitchner fue el primero en estar de acuerdo.
Principio de la confesión cuarta: “Durante la dictadura vivíamos en Europa y Osvaldo me visitaba cada domingo. Los dos éramos muy futboleros pro allá no pasaban los partidos. A la hora del entretiempo, él buscaba cualquier excusa para llamar a nuestro país. Tengo que hablar con un editor importante decía, y del otro lado de la línea siempre estaba un amigo que le pasaba los resultados de San Lorenzo.
Su amistad con él era tan antigua como sus pasiones por los argentinos.
“Una noche se quedó solo, contaba que lo perseguían. Llegue del cine y lo encontré atrás de la puerta con una cuchilla en la mano. Estábamos en el exilio pero era difícil escapar del terror de la dictadura. Teníamos mucho miedo.
Continúa la confesión: “Una vez llegó a casa y me dijo: Esto es un tugurio. Cuando murió, le dije a un filetero amigo si no podía hacerme un cartel con esa inscripción”.
Fin de la anteúltima historia.
Rodolfo Walsh lo encontró en Corriente y Maípú. Ambos se reprocharon porque aún estaban en el país. Los milicos les mordían los talones. Igual tomaron el último café.
Confesión quinta: “Vos te tenés que rajar, hermano, escribiste Operación masacre” le insistí y Rodolfo me contestó ”Antes andáte vos, con todo lo que denunciaste”.
Se despidieron disimulando amor y espanto. Fue la última vez. “Nunca más lo ví” aprieta los labios y se levanta a calentar más agua.
“Walsh fue emboscado días después. En la partida de sicarios estaba Astiz. Su cadáver llegó muerto a la cárcel clandestina. Ahí decidí exiliarme”, relata el hombre canso de piel arrugada.
Fin de la última confesión.
De la lustrosa biblioteca se te destaca un libro: La Patagonia Rebelde, de Osvaldo Bayer, el enamorado de Marlene Dietrich, quien fue apodada “la más glamorosa abuela del mundo“.
Osvaldo Bayer es el más tierno abuelo del mundo.

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